lunes, 12 de septiembre de 2016

Capítulos V y VI de Venezuela Violenta (Resumen del Libro de Orlando Araujo-1968)

Capítulo V: Nuestro Señor El Petróleo
La gran riqueza ajena
Como es fácil observar no existe actividad económica en Venezuela donde no haya penetrado el capital extranjero y no hay parcialidad de este capital en la cual no domine la inversión norteamericana. Venezuela es un país colonizado y que, de acuerdo al origen de los capitales, esa colonización es fundamentalmente norteamericana. Venezuela es, pues, una colonia yanqui.

Los representantes de aquella burguesía comercialista que encontramos a comienzos de siglo, la misma que traspasó las concesiones petroleras a los grandes consorcios internacionales, la misma que salida del latifundio y anudada con él, se hizo poderosa en el comercio importador y en los negocios financieros, a la sombra de la explotación  petrolera y gracias a la mediatización del poder político, es la burguesía parásita y estéril que se organiza y domina en Fedecámaras, en la Cámara de Comercio y en organizaciones ambiguas como la llamada AVI (Asociación Venezolana Independiente) y como la Asociación de Ejecutivos que ni son gremios ni son partidos, pero llenan a cabalidad su papel de grupos de presión.

Estos señores manejan instrumentos de alto poder coactivo y argumentos de impacto psicológico para impedir cualquier intento de regulación o control del capital extranjero y para desalentar cualquier reforma impositiva que afecte las ganancias de dicho capital.

Observamos en la gran prensa la inmediata y amenazante reacción de una campaña nutrida por declaraciones, rumores, notas, artículos y conferencias que hablan de “pánico”, de “incertidumbre” y de “huida” del capital extranjero. Generalmente esta campaña se complementa con anuncios de las compañías petroleras sobre disminución de inversiones y baja de precios del petróleo. En Venezuela tales dolientes tienen nombre propio, son los de la Standard Oil, cuya traducción personal es la firma Rockefeller.

Hay una pintura, una literatura, una arquitectura mediatizadas. Hay una capa de intelectuales directa e indirectamente al servicio de aquella estructura neocolonial en cuya cúspide social una legión de burócratas, de comerciantes importadores, de clérigos y de militares se afanan por asegurar una paz imperialista mientras van acumulando sus mendrugos.

Basta una disminución de las inversiones anuales de las compañías petroleras, o una baja en los precios del mercado internacional para que en el interior de Venezuela se genere y propague una onda depresiva. En otras palabras, el destino de todo un país depende de la aventura económica de un producto y cómo ese producto es explotado por capitales extranjeros, fundamentalmente norteamericanos, aquel destino está en manos del capital norteamericano y está subordinado a sus decisiones.

Esta realidad es la clave de la situación venezolana y subyace en el fondo de nuestro drama político y social. Un país cuyo destino no le pertenece porque está en manos ajenas, un país enajenado, una prolongación periférica de otra economía más poderosa, una sociedad con las contradicciones, frustraciones, miserias y odios de una sociedad colonial. Una sociedad, también, para quien la violencia puede plantearse como alternativa válida, como liberación.

Durante años el tema petrolero estuvo reservado a los técnicos de las compañías extranjeras y a los funcionarios públicos a su servicio. Hace treinta años nadie penetraba en el cerco misterioso hábilmente tendido alrededor de la explotación de los hidrocarburos y apenas si algunos políticos de izquierda, guiados más por su intuición que por su conocimiento, se atrevían a dirigir sus enfoques sobre el tabú petrolero.

Rómulo Betancourt cobra los dividendos políticos: se mantiene cinco años en el poder y se jacta de ello atribuyéndolo a las virtudes de una democracia que no funcionó en la realidad de su mandato. La verdad es que su “hazaña” es el fruto de una negación de los principios e ideas con que ganó los votos que lo llevaron al poder y aquellos cinco años, bañados con sangre de estudiantes, de obreros y de campesinos, son el precio de una traición al pueblo a expensas de la soberanía económica de Venezuela.

Pérez Alfonzo, como epílogo de aquella moderación y prudencia, se retiró a la paz de su casa solariega para seguir elaborando estadísticas y asesorando a un gobierno que, en el período presente, ha pactado ya con la burguesía intermediaria y elabora una política petrolera adecuada a tales circunstancias.

El “tecnicismo” en las interpretaciones del fenómeno petrolero ha sido un recurso bastante efectivo para evitar que el tema se convierta en materia de discusión diaria y de preocupación por parte del venezolano corriente. El “experto” petrolero es, generalmente, un ingeniero bien remunerado por las compañías extranjeras, el cual suele sonreír ante la ingenuidad nacionalista de los políticos de izquierda, o bien es un funcionario público “moderado y prudente” que piensa en su carrera futura y guarda un silencio técnico ante los manejos de las compañías.

Durante varias décadas, las empresas extranjeras han venido formando y aprovechando a un vasto núcleo de profesionales, muchos de los cuales van perdiendo el acento de la lengua castellana y ascienden a posiciones directivas desde las cuales emplean su talento “criollo” y su partida de nacimiento venezolano en servir con eficiencia los intereses extranjeros en su tierra. Las compañías se hacen representar por ellos en las organizaciones gremiales, y a tanto llega su confianza en los más destacados, que se vale de estos nativos cada vez que deciden maniobrar para engatusar al gobierno local.

Todo avance de la industria petrolera, dado el origen extranjero de los capitales, se traduce en un mayor excedente económico que se transfiere al exterior y en un menor ingreso al interior, ya por la vía fiscal, ya por la vía directa de la inversión interna. El Estado venezolano debe limitarse, por tanto, a percibir la renta petrolera, a tratar de que esa renta sea mayor sin quebrantar la libre empresa y, finalmente, a administrar esos ingresos para el desarrollo de los sectores restantes de la economía.

El petróleo se desliza también en la educación hasta dominar en algunas de sus esferas e influir en la política general educativa del país, no solo porque existen numerosas escuelas primarias creadas y subvencionadas por las compañías, sino porque son formas que sirven todas a un objetivo preciso: penetrar en las escuelas, en los colegios, en las universidades, en las instituciones de la cultura, en los hogares, en la conciencia y en la mente de los venezolanos sobre los cuales, día y noche, se ejerce el influjo de las más sutiles técnicas que la propaganda psicológica ha logrado crear para convencer, adormecer o neutralizar a una sociedad colonizada.

En un seminario sobre “relaciones humanas” con cuyos materiales se editó posteriormente un libro, monseñor Lizardi, una representación del clero venezolano y universal señaló, con un cinismo de prelado renacentista, que las buenas relaciones entre Iglesia y empresas petroleras resultarían de altísima utilidad por cuanto aquella institución disponía de recursos de comunicación y de convencimiento que no eran comunes a otras entidades.

En cuanto al plano militar, dada la identificación de los intereses económicos de la industria petrolera con el gobierno de su país de origen, no es difícil hallar concatenación y armonía entre tales intereses en Venezuela y el papel cada día más activo y descubierto de la misión militar de los Estados Unidos en la patria de Bolívar.

Venezuela vive bajo la tiranía de ese dios cuyos sacerdotes mascan chicle, fuman pipa y distribuyen premios y castigos entre los nativos que se sometan a su culto o que se atrevan a desafiarlo. Venezuela es el paraíso de la inversión extranjera, la tierra de nuestro señor petróleo. Venezuela es una colonia yanqui.

Capítulo VI:SITUACIÓN DE LA BURGUESÍA
La burguesía estéril
Va a servir de intermediario entre los grandes exportadores de manufacturas de los países avanzados y los receptores internos del ingreso petrolero. A través de ellos se escapan al exterior los residuos que bajo forma de impuestos y de gastos directos va dejando en el país la explotación de los hidrocarburos: lo que no se va como ganancia (transferencia directa) de las compañías hacia sus casas matrices, se va por el desaguadero de un comercio que importa desde los consumos más imprescindibles (alimentos, medicinas, vestidos) hasta los más superfluos y lujosos (bebidas, joyas, perfumes, automóviles).

No es una clase creadora de riqueza como históricamente fue la burguesía en las primeras etapas del capitalismo. Esta clase no inicia el capitalismo en Venezuela, es sencillamente la proyección colonial de un sistema capitalista foráneo más avanzado. Su papel es el de un agente de ese capitalismo, su función es intermediaria y su poder económico es derivado de otro fundamental y mayor. Sus ingresos no provienen de una combinación arriesgada de factores de producción sino de una comisión: la comisión del intermediario que compra afuera y vende adentro. No es, pues, una burguesía productora sino una burguesía estéril.

La historia económica del siglo XX venezolano demuestra, sin embargo, lo contrario: a medida que la producción ha venido alcanzando magnitudes considerables, los desajustes de la estructura económica se han venido acentuando hasta provocar el estallido de manifestaciones sociales y políticas –léase violencia– que ponen de relieve una crisis profunda, en cuyo fondo fermenta la desigualdad en la distribución de la riqueza.

Pero esta verdad tiene que ser negada por quienes deben su ser social precisamente a la existencia, conservación y prosperidad de aquellas desigualdades. Es a esta clase y al sector del capital extranjero monopolista a quienes interesa que aumente la riqueza sin que se mejore una distribución que ha sido adaptada a sus intereses. Como esta clase identifica el interés nacional con su particular interés, considera natural que el Estado se limite a la salvaguardia y al incremento de esos intereses. De este modo, la intervención del Estado es negativa cuando tiende a limitar los privilegios de la burguesía comercialista y financiera, pero es positiva, y se presiona fuertemente para obtenerla, cuando se trata de créditos, subsidios, exoneraciones y, en general, medidas y leyes que protejan y estimulen a esa misma burguesía.

Ello explica las presiones ejercidas para que el gobierno consulte con los organismos de la burguesía cualquier proyecto de ley o reforma económica antes de ponerla en vigencia. Por intermedio de estos organismos gremiales, las empresas extranjeras intervienen en la formulación de la política económica, y como tales empresas dominan el panorama económico del país, no es exagerado concluir en que el capital extranjero conduce la política económica oficial. Tal es, objetiva y crudamente hablando, la lucrativa y despreciable misión que en Venezuela cumple la burguesía comercialista y financiera, una clase estéril y traidora.

La burguesía productora

Esta burguesía convive en conflicto con la burguesía importadora, ese conflicto es involuntario y refleja en sus episodios la contradicción básica de dos sectores: el de la producción interna para el mercado interno y el de la importación de bienes para ese mismo mercado.

Los rasgos diferenciadores que la separan de la burguesía estéril aún no han alcanzado una acentuación convincente y, por el contrario, abundan algunos rasgos que tornan ambiguos los límites: cierta propensión trepadora, cierta debilidad oportunista, cierto complejo de inferioridad ante el gran capital y una tendencia a rehuir la postura nacionalista y sus riesgos una vez que esa postura ha rendido sus frutos concretos en la protección aduanera, el crédito obtenido o la exoneración concedida.

Pero es precisamente su lucha por subsistir y preponderar lo que los hace necesariamente nacionalistas y los lleva a coincidir, en un momento dado, con la vanguardia del movimiento popular que lucha por una modificación de la estructura económica. Propiciar tales coincidencias, consolidarlas y dirigirlas al objetivo del cambio revolucionario es una de las tareas primordiales que se plantea hoy a los partidos políticos de izquierda en Venezuela.

La burguesía productora no cuenta, como la burguesía estéril, con instituciones seculares. Las suyas son de reciente fecha y, en muchos casos, reflejan la situación ambigua y vacilante de este sector económico.

Unos y otros actúan como capitalistas, son guiados por un común afán de obtener la máxima ganancia; pero en su actividad, ubicada en sectores diferentes, afectan de manera opuesta el proceso de nuestro desarrollo y el interés general de la colectividad: los unos se aferran al mantenimiento de las estructuras colonialistas que nos definen como una economía dependiente; los otros, al luchar por sus intereses, incrementan los sectores productores internos sobre los cuales ha de fundamentarse necesariamente cualquier esfuerzo de independencia económica. Por ello es por lo que a estos últimos se les conoce bajo el calificativo de burguesía “progresista”, “nacionalista” o como nosotros preferimos burguesía productora, en contraposición de una burguesía “importadora”, “intermediaria”, o, como nos parece más expresivo, una burguesía estéril.

Si en este sector hubiese una mayor conciencia de ese papel, comprenderían sus integrantes que la lucha por sus intereses coincide con los objetivos inmediatos de la liberación económica de Venezuela y que mientras más se acerquen y estrechen lazos con los sectores nacionalistas empeñados en esa lucha, mayor será su fuerza para vencer en un conflicto que trasciende los límites gremiales de Fedecámaras y se constituye en parte de un proceso nacional cuya dinámica se proyecta hacia etapas más avanzadas de nuestra evolución social.

La libertad del hombre venezolano actual consiste, precisa y objetivamente, en el compromiso revolucionario, en la toma de conciencia y en la acción consecuente para transformar un país colonizado en un país realmente libre. 

Los primeros en dar su contribución han sido los obreros, los estudiantes y los campesinos. Se han venido sumando a ella los intelectuales de vanguardia. Es necesario ahora sumar, aglutinar, incorporar nuevos efectivos a una lucha que es irreversible como la historia.