viernes, 16 de septiembre de 2016

Capítulos VII y VIII de Venezuela Violenta. Libro escrito en 1968 por Orlando Araujo (Resumen parte final)

Capítulo VII: CONTEXTOS POLÍTICOS DE LA VIOLENCIA

El país violento
Mucho antes de ser establecidas las fronteras geográficas de Venezuela y mucho antes de ser una república, ya la violencia había sido factor determinante de su historia. La trajo el conquistador español y la respondió el indio con justa causa y mayor nobleza puesto que sus armas eran inferiores y lo que defendía era su propia tierra.

Mariano Picón Salas despachaba todo esto de la violencia diciendo que nuestro pueblo es “levantisco”. Sin embargo, hemos comprobado en las páginas anteriores que este pueblo, lejos de ser levantisco es paciente hasta extremos imponderables: la Emancipación fue el banquete de los “mantuanos”, la Federación hizo a los generales más ricos y a los campesinos más pobres.

La violencia, sin embargo, estaba latente porque no se había resuelto para los venezolanos, el problema fundamental de ser independiente. Mucho hizo Bolívar, bastante hicieron Zamora y Falcón, pero seguía en pie la razón de la violencia: una sociedad compuesta por explotadores y explotados no había alcanzado la autonomía para decidir su vida, su fortuna y su destino.

La violencia en Venezuela no ha concluido. Sus raíces históricas alimentaban todavía su follaje profuso. Venezuela sigue siendo un país de minorías explotadoras sobre mayorías explotadas, y sigue siendo, dentro de un proceso dinámico de enajenación, un país que no tiene la autonomía ni de su vida, ni de su fortuna, ni de su destino.

La violencia en Venezuela anda por las calles y por los campos. Sus manifestaciones han sido, como todas las manifestaciones de la violencia, sobrecogedoras, terribles, destructoras. Esas manifestaciones se enhebran en un círculo vicioso y sangriento cuyo saldo se mide con sacrificio de vidas y de bienes. Casi dos lustros de violencia se han necesitado para que aún las más impermeables capas de la sociedad venezolana se convenzan de que la solución del problema no está en la represión policial y militar.

Testimonio rojo
La autenticidad de Bolívar como revolucionario y su genio político conciliaron los intereses de clase contrapuestos y volcaron, en provecho del conflicto político de los terratenientes contra el poder español, la unidad circunstancial de la oligarquía criolla y del pueblo. Pero una vez resuelto el conflicto entre los terratenientes y el rey en favor de los primeros, van a reaparecer todavía más definidos y enconados los términos dialécticos del conflicto entre clase explotadora y clase explotada porque, ahora, la primera surgía más poderosa que antes y gobernaba sin limitaciones al tiempo que la segunda adquiría contextura histórica de pueblo y había aprendido a utilizar el fusil como instrumento de liberación. Su desengaño y su rencor de entonces encontrarán salida y expresión en la Guerra Federal, y la seguirán encontrando mientras no se extirpen aquellas raíces coloniales que todavía alimentan la violencia feudal en Venezuela.

Juan Vicente Gómez va a resolver el problema de la paz y el orden; los grandes capitales ingleses, holandeses y norteamericanos del petróleo van a resolver el problema de aquella burguesía haciéndola poderosa en el plano comercial, pero desalentando la vertiente industrialista y dejando intacto el esquema feudal latifundista.

No hubo educación técnica, ni hubo progreso transformador ni ciencia liberadora, pero en cambio a las antiguas raíces de la violencia antifeudal, forzadas al silencio pero siempre vivas en el instinto de lucha campesina, se va a añadir ahora una raíz nueva que va a comenzar su arraigo en las vanguardias políticas urbanas. La Universidad se adelantará con las nuevas banderas, y los positivistas irán cediendo el paso a los marxistas en el análisis de los nuevos contextos económicos, sociales y políticos, así como en el deslinde y promoción de un género de violencia, la violencia imperialista y antiimperialista bajo cuyo signo de trayectoria infamante vivimos todavía.

En otras palabras, quien se proponga reflexionar seriamente sobre el problema actual, no puede confundir los contextos históricos de la violencia ni identificar social, política o militarmente a las modernas guerrillas llamadas de liberación nacional con las guerrillas tradicionales que llenan el anecdotario político del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX en Venezuela y en otros países latinoamericanos.

Ya no se trata solamente del conflicto entre latifundistas y campesinos, ni del contraste entre la explotación extensiva feudal del campo y las formas avanzadas de la producción agrícola capitalista; sino de la oposición y conflicto de intereses entre la nación venezolana, dueña de recursos fabulosos en petróleo y minería, y la nación norteamericana, dueña mayoritaria de los grandes capitales que explotan aquellos recursos.

El Libro rojo (1936) publicado bajo el gobierno del general López Contreras para denunciar las actividades comunistas en Venezuela es un documento imprescindible para seguir la marcha de aquel cambio de conciencia revolucionaria entre el caudillismo (degeneración de la violencia feudal y antifeudal) y la violencia imperialista y antiimperialista bajo cuyo signo predominante vivimos todavía.

Torturas, vejámenes, confesiones y actos heroicos comienzan a formar, allá por el año 1932, ese inmenso testimonio rojo que sustenta y hace irreversible la revolución antiimperialista en Venezuela. Aparece allí, también, y reproducido con fidelidad perversa, el viraje oportunista y de tremenda potencialidad traidora del pensamiento de Rómulo Betancourt.

Frente a la represión de la dictadura del general Pérez Jiménez, el testimonio rojo queda recogido en el Libro negro del partido Acción Democrática, y en el cual hallará el historiador materiales para enjuiciar los cuatro primeros años de un régimen de terror que habría de continuar hasta 1958.

En este sentido, la violencia imperialista y su reflejo en este rincón del mundo que se llama Venezuela, cuenta con tres fundamentales testimonios: Se llamaba S. N., una novela de José Vicente Abreu (testigo y víctima de las torturas en el campo de concentración de Guasina durante el régimen de Pérez Jiménez). El segundo testimonio creador es La muerte de Honorio, novela de Miguel Otero Silva, autor familiarizado con la violencia anticaudillista y antiimperialista, tanto por su experiencia estudiantil y guerrillera en los años 1928 y 1929, como por el testimonio que de esas experiencias nos ha dejado en el ensayo citado anteriormente y en su novela Fiebre (1939) que la juventud venezolana sigue leyendo con entusiasmo. En tercer lugar, la novela País portátil, de Adriano González León y en la cual, por primera vez en la narrativa venezolana, aparecen simultáneamente los contextos de la violencia feudal y de la violencia imperialista. Finalmente, el Expediente negro, de José Vicente Rangel. 

Este libro recoge el proceso de investigación (material parlamentario y periodístico) iniciado y llevado hasta su culminación por el diputado José Vicente Rangel y una comisión especial del Congreso Nacional sobre la detención, tortura, asesinato y “desaparición” de Alberto Lovera, un dirigente del Partido Comunista de Venezuela apresado por la Dirección General de Policía (Digepol) en tareas de lucha clandestina el 18 de octubre de 1955. Expediente negro demuestra la participación directa del mencionado cuerpo policial en el asesinato del profesor Lovera así como la complicidad, con el tenebroso hecho, de muy altos personajes del gobierno de Leoni, incluido entre ellos, el propio ministro de Relaciones Interiores de entonces, doctor Gonzalo Barrios, candidato por Acción Democrática a la presidencia de la República.

Capítulo VIII: PARA QUÉ LA VIOLENCIA

De acuerdo al estilo directo con que hemos planteado los problemas: ¿cuál ha de ser, cuál es el camino adecuado que deben transitar las fuerzas de la izquierda nacionalista para realizar, a cabalidad y a fondo, la sustitución de la estructura dual y neocolonialista de Venezuela por un sistema avanzado que asegure el desarrollo autónomo de la vida material y espiritual del país? ¿Debe ser un camino pacífico o un camino violento? ¿Han de utilizar esas fuerzas los recursos institucionales creados, para lograr su ascenso y control del poder político o han de conquistar este poder a sangre y fuego?

Estamos objetiva y científicamente hablando de revolución social y que ese cambio de estructura por otra más avanzada implica la sustitución de unas relaciones de producción por otras y, asimismo, el ascenso de las clases populares y de sus legítimos representantes al nivel de la dirección económica y política del Estado.

En el caso venezolano, para precisar el punto, el cambio estructural entraña un proceso complejo que se iría alcanzando mediante el dominio, administración y control (nacionalización) de los recursos naturales y materiales del país, lo cual significa la sustitución de la explotación extranjera del petróleo, del hierro y de otros recursos y servicios por la explotación nacional de los mismos. Pero aquí no termina sino que comienza la cadena de las implicaciones del cambio: la administración de un gobierno nacionalista y popular determina una inmediata y progresiva redistribución del ingreso que elimine la distribución de la riqueza en pocas manos, lo cual significa un cambio radical en la política del gasto público, la derogación y modificación de las leyes y las instituciones creadas para garantizar los privilegios de las clases que detentan el poder económico y concentran la riqueza, y la creación de nuevas leyes y de nuevas instituciones que racionalicen y aseguren la política económica revolucionaria.

De igual modo, revolución social (cambio de estructura) implica proscripción del latifundio, distribución de la tierra entre los campesinos y organización cooperativa y eficiente de los mismos. En el sector industrial, las implicaciones fundamentales se refieren al control estatal de las industrias básicas, a la eliminación de importaciones superfluas y a la integración intersectorial de la industria manufacturera con la producción agrícola y con las producciones básicas a fin de reducir al mínimo imprescindible la dependencia del abastecimiento externo de materias primas e insumos industriales.

De estos y otros cambios en las relaciones económicas se derivan cambios y sustituciones no menos importantes y radicales en el orden social, jurídico, político y cultural. Se trata, ya lo hemos dicho, de un proceso complejo y profundo que va a remover los cimientos de la sociedad venezolana.

Nadie que ame de este modo la vida y el mundo hasta el punto de querer transformarlo en algo mejor para todos puede ser un maniático, un asesino o un cultor de la violencia por la violencia misma. Muy al contrario, cuando se desea entrañablemente y se lucha por una realidad nueva se quiere conservar la vida para ver fructificar esa nueva realidad. Lo que no debemos olvidar, porque es una verdad sencilla como todas las grandes verdades, es que a tal punto se identifica en el ser revolucionario la voluntad y la decisión de transformar el mundo, que esa decisión y voluntad llenan su vida, se confunden con ella, le dan su primordial sentido y ya son indesligables hasta el punto de que el verdadero revolucionario prefiere sin vacilaciones correr el riesgo de la muerte que aceptar la pérdida o admitir la renuncia de su condición de revolucionario.

Y eso, precisamente eso, es lo que ha pasado allí donde el conflicto entre explotadores y explotados ha originado movimientos de liberación cuando las fuerzas dominantes se han opuesto desde sus posiciones de poder económico y de poder político al avance de las fuerzas renovadoras y han decretado su aniquilamiento lanzando sobre ellas todo el peso de sus instituciones y de sus armas, cerrándoles el paso con todos los medios que les permite su poderío y reduciéndolas a la única alternativa válida en este caso, la alternativa violenta, el derecho a la rebelión siempre subyacente en la base misma de la soberanía popular y en la condición y dignidad del oprimido.

El evolucionismo democrático se fundamenta en la premisa de que las partes integrantes de la comunidad aceptan las reglas del juego democrático y se someten rigurosamente a él. El evolucionismo democrático es, teóricamente, una alternativa pacífica hacia el cambio. ¿Aceptarían, en Venezuela, un juego democrático adverso a sus intereses las compañías petroleras? ¿Lo aceptaría la oligarquía? La historia prueba que no, y que todo reformismo que traspase los límites de tolerancia fijados por las clases dominantes, es desanimado y tronchado al nacer.

La violencia popular, la violencia colectivano va a ser provocada por capricho de alguien que, sin más, se ponga a recomendarla. La violencia arraiga allí donde hay raíces que la pueden nutrir y en Venezuela, ya lo hemos visto, hay raíces que alimentan la violencia.

Pero se equivocan quienes aprecian el surgimiento de la violencia en Venezuela como un fenómeno artificialmente engendrado por el ejemplo de la revolución cubana. Ello sería como decir que los movimientos de emancipación de otros países latinoamericanos fueron engendros miméticos de la guerra independentista de Venezuela. Una revolución no se copia ni se traslada como un bulto postal.

Las torturas, los fusilamientos y las “desapariciones” de dirigentes de izquierda, constituyen las pruebas más contundentes de que la paz que las clases dominantes quieren imponer en Venezuela corresponde al género de paz inaceptable para el ser revolucionario de los venezolanos porque es la paz humillante de la explotación colonialista, de la injusticia económica y de la enajenación.

La violencia no puede ser un tema exclusivo del Ministerio de Relaciones Interiores, ni la meditación sobre el tema puede ser el oligopolio de las organizaciones directamente implicadas en la contienda. Yo afirmo mi derecho a meditar públicamente sobre la gravedad del tema, tanto más cuanto que sostengo, y creo haberlo demostrado, que más allá y más acá de las contingencias y de las tácticas actuales de los partidos de izquierda existen deformaciones sociales y económicas profundas en la sociedad venezolana cuya situación crítica, agudizada por la torpeza de las clases dominantes, constituye una fuente viva de violencia.

Cada día se refina el arte de la tortura y del terror y cada día, sin embargo, la sociedad venezolana está más envuelta y comprometida en el incendio efectivo o potencial de la violencia, una violencia que, en su expresión revolucionaria, no es otra cosa que el estallido germinal de aquellas raíces afincadas en la historia de nuestro país y fecundadas por las deformaciones de una estructura cuyo cambio radical es el camino seguro hacia la única paz que está dispuesto a aceptar un pueblo libre.

La guerra de los humildes ha sido siempre una guerra provocada por los soberbios. La violencia de los explotados ha sido, históricamente, una respuesta a la violencia de los explotadores. Esta verdad histórica la demostraron los desposeídos y violentados que siguieron a Bolívar y a Zamora, a José Martí y a Emiliano Zapata y, en el mundo contemporáneo, lo demostró el pueblo que siguió a Fidel Castro, el que siguió a Ben-Bella, el que siguió a Ho Chi Minh contra la Francia colonial y que, ahora, en el Vietnam del Sur se bate con el Imperio capitalista más poderoso del mundo y lo mantiene dando bandazos entre la desesperación, la impotencia y la soberbia.

No se realizan transformaciones fundamentales, ni se cambian las estructuras deformadas de un país, ni se gobierna a un pueblo impaciente por una vida mejor solo mediante la utilización de policías y militares.

En la Venezuela de hoy se han producido serios desajustes en el movimiento popular, pero la crisis es tan aguda y la conducción política del país ha sido tan torpe, que las aristas y resquebrajaduras entre los sectores revolucionarios antiimperialistas tendrán forzosamente que limarse las primeras y soldarse las segundas, con vías a consolidar un pétreo movimiento de integración nacional para avanzar hacia el poder y hacia la revolución social.

Cualquiera que haya sido, hasta hoy, el resultado en términos cuantitativos y cualesquiera que sean los errores en la lucha, un pueblo en ascenso camina con paso firme a la conquista de una paz creadora de hombres libres porque ya nunca más aceptará la paz de los explotadores.

Tal es la profunda lección de la violencia (Venezuela 1968).