Seguramente nada ansiamos más, venezolanas y venezolanos, en este
momento que paz. Que se acabe este estado de alarma y zozobra permanente
que se nos ha instalado como nueva “normalidad”. Eso, claro, y que
podamos acceder sin problemas a los bienes y servicios que necesitamos,
recuperar nuestro poder adquisitivo y tener expectativas más positivas
sobre nuestro futuro y el de nuestros seres queridos.
A respecto de esto se viene insistiendo en la idea según la cual,
todas y cada una de estas cosas las hemos de alcanzar si hay elecciones.
El oposicionismo la ha convertido, de hecho, en una consigna:
“elecciones para que haya paz”. Y los organismos internacionales que
apoyan a esta última, basan su intervencionismo en esta exigencia. Sin
embargo, y más allá del hecho básico de que los plazos constitucionales
son ley que no pueden ser ajustados o desajustados a voluntad, dados
ciertos datos de la historia reciente, cabe preguntarse qué tan cierto
puede ser esto de que para que haya paz y se normalice la vida nacional
deben haber primero elecciones.
Los primero que habría que decir es que existen al menos cuatro casos
emblemáticos en los cuales los problemas de violencia, especulación de
precios y desabastecimiento de productos, tendieron a empeorar previo a
eventos electorales. Estos fueron:
• Referéndum presidencial de agosto de 2004. Antecedido por las
primeras guarimbas y efectuado bajo la amenaza de su reedición. Dos años
antes se había producido el golpe de abril de 2002 y el sabotaje
petrolero de 2003-2004.
• Elecciones de la reforma constitucional de 2007, cuando por vez
primera comenzamos a vivir capítulos de desabastecimiento de rubros
alimenticios. En aquella oportunidad el chavismo perdió la reforma.
• Elecciones presidenciales de octubre de 2012. Las últimas ganadas por el presidente Chávez
• Elecciones parlamentarias de 2015. Ganadas ampliamente por el oposicionismo.
De la misma manera se han llevado a cabo varios procesos electorales a
los cuales los electores asistieron con la esperanza de superar etapas
de confrontación, dirimiendo en las urnas conflictos que podían salirse
de curso, desatando espirales violentos a gran escala. Entre ellos
podemos destacar los siguientes:
• Referéndum presidencial de agosto de 2004. Luego de insistirse en
la exigencia de la realización del referéndum revocatorio al presidente
Chávez como única garantía de paz, los resultados fueron desconocidos
por la dirigencia oposicionista provocándose mayor violencia.
• Elecciones presidenciales de abril de 2013. El triunfo electoral
del presidente Maduro fue desconocido por el oposicionismo. El candidato
de derecha derrotado, Capriles Radosnki, convocó a una ola de violencia
que costó 11 vidas humanas incluyendo niños.
• Elecciones municipales de diciembre de 2013. Ganadas ampliamente
por el chavismo, no evitaron sin embargo la reedición de las guarimbas
dos meses después, cuando el llamado al desconocimiento del gobierno
nacional, por Leopoldo López y otros dirigentes, duró seis meses y causó
43 víctimas mortales.
• Elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. Ganadas ampliamente
por el oposicionismo, lejos de traer mayor estabilidad al país aumentó
la conflictividad, al utilizarse este triunfo como excusa para el
desconocimiento del resto de los poderes públicos, particularmente del
Ejecutivo.
De tal suerte, lo que la experiencia demuestra es que no existen
garantías de que antes o después de que se realicen elecciones pueda
haber paz y se normalice la situación político-económica nacional, en la
medida en que la constante en cada uno de estos casos ha sido la
actitud antidemocrática y sediciosa del oposicionismo, el cual, o es
instigador de sabotajes previos a la elecciones que minan la base
electoral del chavismo, desconoce los resultados si estos no le
favorecen, o utiliza los resultados cuando le favorecen para inflar aún
más agendas golpistas y de desconocimiento del orden constitucional.
Esto no quiere decir, desde luego, que no deban realizarse elecciones
o que estas no puedan resolver la problemática nacional. Lo único que
quiere decir es que pareciera existir un problema previo a resolver, y
que no es otro que dicha actitud golpista del oposicionismo, que en
todos estos años ha demostrado aversión al orden democrático e
institucional, por más que manipule el discurso democrático e
institucionalista para sus fines. Por otro lado, habría que considerar
hasta qué punto es democrático y justo que haya elecciones cuando una de
las partes desata ataques contra la otra, de suerte que la atacada debe
asistir a las mismas con esa desventaja. Tal vez entonces lo correcto
no sería que se realicen elecciones para que haya paz, sino que haya paz
para que puedan realizarse elecciones.
