Lo dicen los bestsellers de no ficción, las publicaciones de periodismo literario y el efecto viral de algunas piezas en Internet: en pleno siglo XXI, las crónicas gozan de un auge editorial
POR DOQUIER SE consiguen estos textos de sucesos en el tiempo, con conciencia autoral y voluntad de seducir al lector. Un género híbrido que sirve, entre otras cosas, para contarnos por segunda vez, y hasta mejor, nuestras propias experiencias. Una cosa –efímera– es haber visto los funerales del presidente Hugo Chávez por TV; y otra experiencia muy distinta –para recordar por años– fueron las narraciones sobre el mismo tema de los venezolanos Boris Muñoz y Eulimar Núñez. Entre una noticia y el relato de esa noticia, hay una distancia del tamaño del mundo y sus posibilidades. El cronista es un trovador documentado, porque hace algo más que informar: cuenta historias.
POR DOQUIER SE consiguen estos textos de sucesos en el tiempo, con conciencia autoral y voluntad de seducir al lector. Un género híbrido que sirve, entre otras cosas, para contarnos por segunda vez, y hasta mejor, nuestras propias experiencias. Una cosa –efímera– es haber visto los funerales del presidente Hugo Chávez por TV; y otra experiencia muy distinta –para recordar por años– fueron las narraciones sobre el mismo tema de los venezolanos Boris Muñoz y Eulimar Núñez. Entre una noticia y el relato de esa noticia, hay una distancia del tamaño del mundo y sus posibilidades. El cronista es un trovador documentado, porque hace algo más que informar: cuenta historias.
Las que mejor ilustran las sociedades de hoy, están a la orden del día. Las repetidas elecciones presidenciales de Zimbabue, donde el único que gana es Mugabe. De cómo funciona la Torre de David en el centro de Caracas, la favela vertical más alta del mundo. En Mongolia, el surgimiento de unas patrullas ecológicas bien particulares, vestidas de negro y con cruces nazis. Y el hombre que vende a domicilio películas piratas, muy rebuscadas, convencido de su invaluable aporte cultural a los suburbios de Santiago de Chile. La crónica es un cuento que es verdad, definió Gabriel García Márquez. Asistimos entonces al espacio donde el testigo se convierte en personaje –y los muchos testigos, en polifonía de voces–, para el recuento minucioso de los enredos y las truculencias que tienen lugar en la realidad.
Este espacio se llama crónicay los que lo cultivan no siempre sonreporteros o narradores –a veces noson ni lo uno ni lo otro, aunque terminen convertidos en ambas cosas con cada texto–. La premisa del género es concreta: hechos verídicos narrados con herramientas literarias.
Periodismo + Literatura = ¿Historia?
Esto de que a la crónica se le llame híbrida a cada rato no viene gratis. Su naturaleza no es una sola sino varias en combinación. En un texto sin desperdicio, ya clásico en la materia, Juan Villoro la llamó asecas «El ornitorrinco de la prosa».
Porque: “De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la ‘voz de proscenio’, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”. Lo curioso de este organismo formado a partir de otros organismos no es su alegoría de monstruo, ni que tenga un pie en los datos duros del periodismo y otro en los trucos literarios; sino su efectividad a la hora de intentar aprehender ese batiburrillo de cosas que llamamos presente. Queriendo o sin querer, el resultado de esta premisa híbrida supera a las disciplinas que la componen, para proponer entonces una historia de lo cotidiano: narraciones de acontecimientos, públicos o anónimos, que serán dignas memorias para las generaciones de hoy y las de mañana. ¿Son estos papiros multidisciplinarioslos que salvarán nuestra memoria del olvido?
La reportera Maye Primera lo ve como una cuestión de aguante del más apto, en la selva de los tiempos: “La única expresión del periodismo que tiene posibilidad de sobrevivir a su época es el periodismo que entiende esa época y que ayuda al lector a entenderla. El periodista que no estudia el pasado para buscar el origen de lo que ocurre en el presente, nunca entenderá nada de lo que pasa y mucho menos sabrá informarlo y explicarlo. Y ya sabemos de las geniales decisiones que son capaces de tomar los pueblos cuando no están bien informados”.
Érase una vez en latín
El concepto de la crónica parece escabullirse nada más nombrarlo. En el prólogo de su antología Mejor que ficción (2012), Jorge Carrión, cronista joven y volado, afirmó que ni siquiera estamos ante un género híbrido, sino ante un debate “inclusivo con los géneros (literarios) y las formas textuales de cada momento histórico”. Cada autor pareciera tener una idea propia de la materia, que poco o nada se parece a la del autor de al lado, y que a pesar detodo funciona de lo lindo.
El concepto de la crónica parece escabullirse nada más nombrarlo. En el prólogo de su antología Mejor que ficción (2012), Jorge Carrión, cronista joven y volado, afirmó que ni siquiera estamos ante un género híbrido, sino ante un debate “inclusivo con los géneros (literarios) y las formas textuales de cada momento histórico”. Cada autor pareciera tener una idea propia de la materia, que poco o nada se parece a la del autor de al lado, y que a pesar detodo funciona de lo lindo.
Aparte de la ecuación periodismo + literatura, y a falta entonces de una definición definitiva, solo una cosa más puede sacarse en claro: la respuesta espontánea de un viejo maestro. En una ocasión, el periodista español Alfonso Armada arrinconó a su entrevistado: ¿La crónica es la mejor forma de contar la realidad? El legendario reportero estadounidense Jon Lee Anderson no tuvo que pensarlo siquiera. “Sí, sí”, le dijo sin chistar, dos veces para aplacar las dudas.
Algo cierto en todo esto es que la materia que nos interesa viene directo del latín chronica. Remite a los libros “en que se refieren los sucesos por orden de tiempo”, dice en el DRAE. Dicho de otra manera: no solo se vincula a la historia sino también a los anales, aquellos volúmenes donde se recogen de forma cronológica las noticias más importantessobre un campo específico,ya sea de la cultura, la ciencia o la política.
“La crónica nace estrechamente vinculada a la historia propiamente dicha. Podríamos añadir: es la primera forma de “historiar”. Las aguas se comenzarán a separar cuando esta última va creando un discursosistematizado, elaborando un método, delineando sus objetivos hastaconvertirse, hoy, en una ciencia de estudio e investigación, con sus leyes y cuerpo teórico definidos. La crónica no se plantea estas exigencias y queda como relación de hechos, estampa, testimonios donde el cronista no toma, como el historiador, distancia de lo que narra. Por el contrario, está inmerso en su propia relación y cuenta desde adentro, lo que vio y oyó.”
Earle Herrera
El color exacto. Cronicar es documentar
Aparte de informarlo y entretenerlo a uno de un solo golpe, ¿para qué nos sirve este tipo de textos hoy en día? La crónica cuenta lo que no pueden los reportajes de la prensa diaria, y a pie juntillas, de una realidad que muchas veces sobrepasa a la ficción. El género es una forma de historiar lo cotidiano, nuestra lectura del presente mientras naufragamos en el océano contemporáneo.
Hoy en día se lee la crónica tal como cuando apareció por primera vez: con la emergencia por lo desconocido. Y así la leerán en el futuro, tanto el historiador quisquilloso como el nostálgico retro por la época en que vivimos. Del mismo modo en que nosotros acudimos a las Crónicas de Indias, para documentarnos sobre el color exacto que tenían las perlas en las aguasdel Nuevo Mundo. Ahora bien, ¿qué tienen en común seres tan dispares como Cristóbal Colón y Américo Vespucio? ¿Quécomparten el cazafortunas devenido sacerdote Juan de Castellanos y el austero fray Íñigo Agustín Abbad y Lasierra? Las memorias de un Nuevo Mundo escritas de su puño y letra. Datos, pálpitos y aventuras que ahora podemos llamar históricos, y de los cuales ellos mismos fueron testigos y relatores. Solo a partir de sus testimonios, de la polifonía y el contrapunto de sus voces, podemos imaginarlos con precisión.
En nuestro idioma, el género “está irremediablemente asociado a los primeros conquistadores españoles –escribe Alberto Barrera Tyszka– que se decidieron, por múltiples y diversos motivos, a contar…”. Contarnos las maravillas que veían con sus propios ojos, y los vericuetos de la trama horripilante en que los envolvió su momento. Y ¿por qué? Porque ellos comprendieron, tal como nosotros, que loúnico que no se acaba es el tiempo.
El tiempo sigue sin acabarse excepto para los que vamos de pasada, y además dependiendo de la caridad de alguien que se digne a echar los cuentos como son, con todas las letras, aún cuando ninguno de los testigos quede en pie para vivirlos por segunda vez.

