lunes, 19 de octubre de 2015

ALBOROTOS DEL MULATISMO El detestable abuso de las mulatas corianas Texto extraído de la Revista Memorias de Venezuela No. 4



En el año de 1774, en la ciudad de Coro, el Teniente Justicia Mayor, Manuel Carrera, debió enfrentar sediciones y alborotos. Los sucesos no eran novedosos, pues sus antecesores en el cargo habían sufrido iguales sobresaltos. Sin embargo, no se trató en ningún caso de rebeliones violentas de negros esclavos en busca de su libertad, sino de gestos de insumisión y resistencia pasiva protagonizados por algunas mujeres de la ciudad. De acuerdo a lo expresado en el expediente, mulatas y zambas se habían puesto a usar alfombras y tapetes, contraviniendo las leyes suntuarias de la Corona, la cuales consagraban la exclusividad en el uso de estos objetos a las mujeres blancas principales o mantuanas.

El Gobernador y Capitán General, a quien se dirige el Teniente Justicia notificándole “el detestable abuso”, le aconseja llamar en secreto a las mulatas y hacerles ver la irregularidad de sus pretensiones. Carrera llamó discretamente a su despacho a aquellas mulatas, en quienes la calidad de tales era notoria porque habían sostenido juicios para demostrar su supuesta limpieza de sangre, queriéndose ameritar “por medios indirectos una calidad superior”.

Al poco tiempo de aquella conferencia privada, Agustín Yraola, apoderado de las mulatas, solicita al Alcalde de Coro la copia de la Real Provisión donde el Rey se pronuncia sobre el uso de tapetes y otros distintivos. El asunto, que se había tratado discretamente, ahora amenazaba con convertirse en un escándalo judicial. De seguro, ya era un escándalo público, pues el juez actuaba atendiendo denuncias de los vecinos de la ciudad. En efecto, las denuncias fueron a parar al más alto tribunal que regía la Provincia, la Audiencia de Santo Domingo. Allí se designó a un asesor que aconsejara al teniente Chirinos, a fin de someter la subversión simbólica que llevaban a cabo las mulatas corianas.

Al ponerse en autos del caso, el asesor del tribunal, Don Pedro Chirinos, hombre de dilatada experiencia judicial, comunicó: “Esta guerra intestina que las mulatas tienen con su condición originaria de Angola juzgo sería permanente pues ni ellas con el fuego de sus artificios purificarán lo negro de Guinea reduciéndolo a blanco; ni la autoridad de los tribunales podrá con las aguas de la prudencia apagar el Etna de aquella pasión. En este concepto no con poco dolor suyo siente el Asesor no podrá dar a Usted un arbitrio que del todo sea conforme a sus intenciones de buen gobierno y capaz de destruir con éste las inquietudes, escándalos, sediciones y alborotos del mulatismo”.

El desorden simbólico que se experimenta en Coro por causa de las mulatas comenzó, según el asesor, cuando la Real Audiencia sentenció, años antes, que María Francisca de la Peña y sus hijas podían usar mantos. Ese dictamen ocasionó que de inmediato zambas, mulatas libertas y descendientes de tales siguieran la moda de la María Francisca. Por ser ésta mulata, las otras mujeres de su calidad no vieron ningún impedimento en usar la prenda que el tribunal había autorizado.

Fue así como, ante el uso generalizado del manto por parte de las mulatas, la Audiencia no se pronunció, esperando que tal adorno se convirtiera en prenda de uso común, y creyendo que evitaría con tal disimulo que el alto tribunal tuviera que ocuparse de tales casos. María Francisca y sus hijas impusieron la moda de usar mantos entre las mulatas, mas no se conformaron con ello, sino que, al ver que no había juez que les censurara el vestir, se aparecieron en la iglesia con alfombras, tapetes y esteras, unos objetos ajenos a su esfera, según lo afirma Chirinos. El asesor rechazó la impunidad y la escasa obediencia a las leyes, pero además denunció los fraudes judiciales que se utilizaban como mecanismos de ascenso social. Al referirse a Agustín Yraola, el apoderado de aquellas mujeres, dice que este hombre, casado con una mulata, solicita las Reales Provisiones sobre usos de adornos para moverse en los tribunales y hacer algunas diligencias —que de costumbre se hacen—, las cuales terminarán haciendo pasar a su mujer por descendiente de la Casa de Austria.

El relajamiento social es de tal magnitud que las mulatas se casan con blancos, de seguro con “algún español muerto de hambre”, que ellas en seguida publicitan como “hijodalgo, señor de casa solar, cuando no es hijo de algún Duque, Conde o Marqués que descarriado de la fortuna ha venido a dar nobleza a Coro”, explica el mordaz asesor Chirinos. Indignado por la pérdida de las costumbres observa que en todas partes de las Indias hay españoles que ejercen oficios: “zapateros, albañiles, picapedreros” y, sin embargo, en Coro no hay ni uno solo. Como ejemplo, cuenta que conoció en Santo Domingo a un catalán talabartero que luego encontró en Coro como agrimensor. Concluye expresando: “Si esto sucede de Santo Domingo aquí, qué no será de más allá.”

Reflejo de este desorden social se observa en la actitud de los hijos de españoles y mulatas, quienes no realizan ningún oficio: “hacen una metamorfosis de su calidad y ocupación porque en su concepto desmerecerían mucho [...] no labran el campo porque es cosa de negros, no aprenden oficios mecánicos porque acaso no les suceda lo que a un zapatero con el Rey de Polonia que habiéndole llamado para que le hiciese de calzar se indignó al verle vestido de terciopelo y lo echó de su presencia diciéndole: si las gentes de su oficio visten de semejante tela qué traje han de usar los soberanos. ¿Qué le hará pues este mulato? Un holgazán, un ladrón, así vive sin afrenta, y la madre sin sonrojo, Linda República”.

Desde su mirada jerárquica y excluyente, Chirinos diagnostica una sociedad en plena disolución, cuya principal causa la constituye el comportamiento de ese sector de la sociedad que él define en estos términos: “El mulatismo de suyo es un género de gente altivo, insolente y descarado, luego que sacude el yugo de la servidumbre, se hace incorregible, pertinaz en sus excesos, y capaz en una palabra, de atropellar el respeto más sagrado y la autoridad más soberana de allí que disimulándole sus atentados en los principios crecen gigantes en los fines.”

Ejemplo claro de tal definición lo constituyen las mulatas a quienes se les permitió usar los mantos y luego se tomaron el derecho de llevar alfombras y tapetes a la iglesia. Es la actitud de la María Francisca, quien “como le parecía muy mal con una saya de Lana, un traje privativo en nuestras leyes a determinados papeles; sale la regañona con el manto de punta, collar, manillas de oro, perlas ó piedras preciosas con los más atavíos de basquiña de terciopelo y chapines de tela de seda”. Esta mujer que ha logrado escandalizar la ciudad, y ocupar al sesudo de Chirinos en su causa, ostentando tanto lujo en el vestir, se ocupa, como otras mulatas, del oficio innoble del comercio a menor y de la trampa: “la ocupación en las mulatas es comprar por dos y vender por cuatro, el desfalcar el peso y la medida para con su usura tirar el fausto de sus obanes, sarasas, cedas, batas, y basquiñas de rumboso costo”.

El asesor advierte que el lujo va en detrimento de la sociedad, al punto de hacer peligrar el Imperio. Dice que muchas de esas mulatas, tan caramente ataviadas, tienen sus familiares tirados en las calles dedicados a la mendicidad. Abuelos y padres pordiosean, mientras las hijas gastan en oro y seda. Los signos contradictorios, mendicidad y lujo, comenzaron a verse diez años antes del momento en que Chirinos emitiera sus juicios. Según su diagnóstico, no son producto de la prosperidad económica y el crecimiento demográfico, porque las mulatas no tienen con qué sustentar el lujo y la población es la misma de los comienzos de la década. No es que las mulatas corianas tengan con qué comprar los costosos adornos, sino que se privan o privan a sus familiares de artículos y medios de vida básicos, para poder mantener un modo de vestir suntuoso.

Un diagnóstico tan prejuiciado de la realidad no podía más que conducir a una solución inútil. El asesor propone que se imiten medidas tomadas en otros reinos como el de Suecia, donde el monarca Adolfo Federico promulgó una ley suntuaria como único medio de “contener a cada quien en su esfera desterrando el orgullo y presunción que hoy caracteriza a la mayor parte de los hombres, que aparta a un hijo rico de un padre indigente, que no adjudica mérito sino a aquellos que brillan por sus vestidos y equipajes”.

Después de retratar la situación social en Coro, la cual califica como “disolución abominable”, Chirinos recomienda al Teniente Justicia que promulgue un bando con las leyes que prohíben el uso de ciertas prendas a las clases inferiores. 

Aconseja, también, que se les imponga una multa de veinte pesos al infringir por primera vez la ley y la misma cantidad, más seis meses de servicio en el hospital, si reinciden. Advierte, por último, que de no ejecutarse sus recomendaciones “el desorden crecerá, las leyes se verán sin aquel éxito feliz que tanto recomienda su Majestad y a consecuencia de eso unos y otros lloraremos el daño sin poderlo remediar”.

El 14 de febrero de 1774 el escribano del tribunal hizo que Luis, negro esclavo de oficio pregonero, publicara “en altas e inteligibles voces, en las partes públicas y acostumbradas de dicha ciudad”, el bando recomendado por el asesor. Con este acto culmina el expediente de las mulatas de Coro, el cual conocemos por una copia fechada en Caracas en 1791, la cual reposa en el Archivo General de la Nación, en la Sección Diversos, Tomo XLV, folio 180 bajo el título: Testimonio de las diligencias obradas en virtud de la orden del Teniente Justicia Mayor de la ciudad de Coro para que las zambas y mulatas cesen en el uso de alfombras y tapetes. Santa Ana de Coro, 24 de Julio 1774.