ESE PRECIADO ESTUCHE LLAMADO CUERPO
El cuerpo, como estuche del alma, requiere de una serie de cuidados y limpiezas para formar ciudadanas sanas, útiles y productivas desde la infancia. Éste, además será el blanco perfecto para castigarla por las conductas indecorosas y lascivas que cometa, utilizándosele frecuentemente como mecanismo de vigilancia y control. Muy bien lo expresa el libro con autoría anónima, titulado Cartas sobre la educación del bello sexo por una señora americana, que se publicó en 1833: “En una máquina (el cuerpo) tan desarreglada, ninguna función se desempeña debidamente. Con el destemple físico caminan de frente el desorden mental, y la inconstancia de los deseos é (sic) inclinaciones. Esa alma no puede mantenerse serena en la agitación de toda su máquina”.
CULTIVANDO EL INTELECTO DE LAS PEQUEÑITAS
Muchas veces el ideal no va de la mano con la realidad. Cultivar el intelecto con las luces de la educación fue un privilegio de un sector reducido. Por lo tanto, el discurso de los manuales no trascendió del todo el papel. Este bálsamo formativo para el intelecto dotaba a las niñas de las herramientas necesarias para evitar o asumir acertadamente las acciones que le depara el destino, más que todo como futuras madres. En cuanto a esto, en Cartas se señala: “Es preciso acostumbrar desde muy temprano el entendimiento á (sic) comprender con claridad y exactitud y á (sic) raciocinar y con tino y método. El alma se habitúa á (sic) recibir impresiones, como los pies á (sic) andar, y así si cuidamos de que nuestras hijas anden con firmeza y gracia ¿por qué no cuidaremos de que piensen con solidez?”.
LA DOCTRINA CRISTIANA Y LA FORMACIÓN DEL ESPÍRITU Y LA MORAL
Los catecismos, tratados y manuales fueron las herramientas idóneas para instruir a las niñas, en contraposición de lo vano, pagano e indecoroso. La meta era imitar las cualidades de la virgen María (sencillez, pureza, castidad, sumisión y candidez, entre otras), primordialmente para que su pureza se mantuviera intacta hasta el momento de que se convirtiese en mujer con el advenimiento del matrimonio. En este sentido, Amenodoro Urdaneta, en su libro “El Libro de la Infancia” (por un amigo de los niños) de 1865, recalca las bondades de la religión en la educación de los retoños: “La Religión encanta i (sic) siembra de flores en el árido camino del mundo: ella disipa las sombras i (sic) el hastío que rodean nuestro corazon (sic) cuando no caminamos por la verdadera senda de la virtud; ella riega el suelo para que nazcan flores a nuestro paso; y (sic) ella, en fin, da paz consuelos para que podamos sobrellevar la triste carga de la vida”.
Los catecismos, tratados y manuales fueron las herramientas idóneas para instruir a las niñas, en contraposición de lo vano, pagano e indecoroso. La meta era imitar las cualidades de la virgen María (sencillez, pureza, castidad, sumisión y candidez, entre otras), primordialmente para que su pureza se mantuviera intacta hasta el momento de que se convirtiese en mujer con el advenimiento del matrimonio. En este sentido, Amenodoro Urdaneta, en su libro “El Libro de la Infancia” (por un amigo de los niños) de 1865, recalca las bondades de la religión en la educación de los retoños: “La Religión encanta i (sic) siembra de flores en el árido camino del mundo: ella disipa las sombras i (sic) el hastío que rodean nuestro corazon (sic) cuando no caminamos por la verdadera senda de la virtud; ella riega el suelo para que nazcan flores a nuestro paso; y (sic) ella, en fin, da paz consuelos para que podamos sobrellevar la triste carga de la vida”.
PRISIONERA DE LAS MÁSCARAS DE URBANIDAD Y LAS BUENAS COSTUMBRES
Vasto y amplio fue el bombardeo ideológico a que fueron sometidas las niñas durante el siglo XIX. La familia, los maestros, la iglesia, la sociedad y sobre todo manuales de urbanidad, se convierten en una extensión del Estado que controlan y restringen el orden tanto en el espacio público como en el privado, vigilando celosamente cada movimiento a lo largo de su formación “integral”.
Tanto fue el éxito de estos recursos pedagógicos que el Manuel de Carreño fue referencia obligatoria para varios países de Nuestramérica. Además, se adoptó como un texto imprescindible en todos los establecimientos de enseñanza racionales con la recién inaugurada Cátedra de Urbanidad y Buenas Maneras (según Decreto venezolano, del 17 de marzo de 1855). Este inmoral Manual de Manuel Antonio Carreño, cuya primera edición completa es de 1854, da la definición de urbanidad de la siguiente manera: “La urbanidad es una emanación de los deberes morales, y como tal, sus prescripciones tienen todas á (sic) la conservación del orden (sic) y de la buena armonía que deben reinar entre los hombres, y al estrechar los lazos que los unen, por medio de impresiones agradables que produzcan los unos sobre los otros”.
Los manuales, catecismos, cartillas, silabarios, tratados, libros de lecturas, catones, fábulas, buscaron idear un perfil de mujer “ejemplar”, supeditada a la figura masculina y al ámbito privado. Todos estos fueron escritos desde la cúspide para la cúspide de la sociedad decimonónica venezolana, ya que la formación integral de las niñas fue un privilegio de los sectores pudientes.


