Capítulo III: SUCURSAL VENEZUELA
Las estadísticas nos hablan de 900.423 personas ocupadas en labores agrícolas, lo cual constituye el 34,4% de la población total ocupada cuya cifra absoluta es de 2.622.458 personas.
Las estadísticas nos hablan de 900.423 personas ocupadas en labores agrícolas, lo cual constituye el 34,4% de la población total ocupada cuya cifra absoluta es de 2.622.458 personas.
La renta de la tierra no vuelve a la tierra: va a fortalecer aquel comercio importador de que hablamos o, lo que es frecuente en estos casos, va a robustecer una demanda de bienes de consumo lujoso o superfluo. En otras palabras, los frutos del trabajo precariamente productivo de un millón de venezolanos van a cubrir los gastos en viajes de placer, en mansiones lujosas, en joyas y en automóviles de una minoría ociosa cuya blanda existencia actúa como un freno para el desarrollo general del país.
Evidentemente, aquellos 900.423 trabajadores que aparecen ocupados en la agricultura hacen el trabajo que correspondería a 501.760 ocupados durante todo el año. Es decir, la agricultura estancada dentro de la estructura económica nacional, solo alcanza a cubrir el 55,7% de la población activa ubicada en el sector. El otro 44,3% restante sobra.
La población rural crece y va encontrando ya saturado el medio y negada aún hasta la posibilidad del subempleo. Entonces emigra a los centros urbanos, viene en demanda de trabajo y de una vida mejor. Alrededor de esos centros se va formando el conocido cinturón de la miseria. Allí se va a encontrar con una industria que no emplea y con unos servicios sobrecargados de ocupación, y como se trata de una población joven naturalmente ansiosa de una vida menos infeliz, la frustración se va convirtiendo en el caldo de cultivo de un estallido que ni Caracas, ni Maracaibo, ni Valencia han sentido en su violenta plenitud todavía, pero cuyos anuncios tienen ya sobresaltadas a aquellas minorías ociosas acostumbradas a disfrutar en paz sus privilegios.
La miseria es nuestra, la riqueza es ajena
En primer lugar nos damos cuenta de que un millón de personas obtienen un producto cuatro veces menor que 32.000 personas, es decir, que en términos de producto territorial, una persona empleada en el sector petrolero vale por treinta del sector agrícola. Esta violenta diferencia de productividades fija los polos de la deformación estructural en Venezuela y marca la tremenda disparidad de los ingresos. Realmente no se trata de un país, sino de dos países: uno medieval atado por relaciones precapitalistas, el otro ultramoderno aprovechando al máximo las conquistas de la tecnología.
Venezuela tiene planteado un problema interno de tremenda injusticia económica y social cuya solución es la tarea de un gobierno equitativo que tenga una buena capacidad administrativa.
Es aquí donde interviene el otro factor, el del origen de los capitales: el sector agrícola es fundamentalmente nacional en cuanto a los dueños de los factores de producción. Mientras que el sector petrolero, por contraste, es exclusivamente extranjero, lo cual quiere decir que la miseria es propia y la riqueza es ajena, siendo lo más doloroso de este asunto el hecho objetivo de que no es una simple frase lo que estamos haciendo sino la síntesis de un drama nacional.
Los frutos de la productividad se van afuera; y como el capital viene de lejos y es poderoso, la condición venezolana de los gobiernos es sometida a presiones económicas, políticas y militares poderosas que solo ofrecen la alternativa de gobernar en función de aquel capital o correr el riesgo de las más oscuras conspiraciones, los más agotadores asedios y las más iracundas represalias. En el caso venezolano, la historia hasta hoy indica objetivamente que los gobiernos han preferido no correr estos riesgos y han optado por el primer término de aquella alternativa. Venezuela ha sido, pues, colonizada.
Es una industria pegada a las ubres de una agricultura ya sin vida: ambas van perfilando una Venezuela marginal en forzada coexistencia con una Venezuela alegre y ricachona que se viste y se abastece de los mejores bazares y despensas de Estados Unidos y de Europa.
El Banco Industrial, una entidad que obedece a las nuevas ideas, fundado en 1937, no va a operar como banco de promoción industrial sino comercial, presionado por los intereses dominantes en esa época, y porque el desarrollo industrial de aquel momento no alcanzaba una significación financiera relevante.
Una industrialización neocolonial
El gobierno no definió, durante el período, una política industrial proteccionista quedando ésta sujeta a la voluntad, compresión o capricho de los funcionarios de Fomento y Hacienda.
Crecimiento paradójico
La conclusión es sencilla: el aumento de la renta petrolera y su efecto a través del gasto público, ha estimulado el crecimiento del sector manufacturero, solo que no en la medida y con la eficacia que la magnitud de aquella renta haría prever. El mecanismo dinámico del ingreso petrolero, que pasa a la economía a través del gasto público fundamentalmente, ha originado y fortalecido, desde hace cuarenta años, una estructura comercialista de importación, que ha venido manteniendo en niveles marginales la demanda interna de productos nacionales.
El Estado venezolano y las compañías petroleras, además, en su condición de compradores, han sido los mejores clientes del comercio exterior, con toda una gama de privilegios para adquirir, exonerados y a cambio preferencial, no solo bienes de consumo básico o productos intermedios, sino hasta bienes suntuarios.
Industrialización importadora
En estas condiciones, la industria manufacturera es una planta que vive superficialmente sobre el tronco petrolero y comercial de la economía venezolana.
La estructura latifundista del sector agropecuario, con sus características de cultivos extensivos, tierras ociosas, producción irregular y baja productividad, así como la existencia colateral de una forzada agricultura de subsistencia, factores esenciales del estancamiento secular del agro venezolano, determinan una producción irregular y una oferta inflexible, muy poco adecuadas para atender la demanda de materias primas y de alimentos de una industria y una población crecientes.
En este sentido, la industria se acomodó no solo a un desajuste estructural, sino al marco institucional comercialista. Se trata así de una industria artificial, importadora, desligada de todo nexo con los recursos naturales disponibles, verdadera flor de invernadero, propia de una economía rentista.
Mucho capital y poco empleo
Venezuela se lanza al desarrollo industrial moderno sin obreros especializados, sin gerentes y experiencia. Se importa la técnica, se importa la experiencia. Si algo es nuevo y admirable, es precisamente la voluntad de industrializar a toda costa, en lo cual, digámoslo francamente, no se ha hecho plena justicia a un grupo pequeño pero aguerrido de empresarios nacionalistas que, a la postre –y como veremos– resultan víctimas del proceso que engendraron con una fe desorientada, oficialmente desatendida, y traicionada, a veces, por ellos mismos.
Por ahora, concluyamos asentando que, a pesar del proceso capitalizador de la década 1950-1959, nos encontramos con que, de 106.423 desempleados que al comienzo de la misma representaban el 6% de la población activa, pasamos a 252.521 desempleados al final, los cuales representan el 10% de la población activa.
El capital extranjero
Aquella inversión directa recae, fundamentalmente, en el sector de hidrocarburos y de minería, las cuales representan en la década 1950-1959 el 93%, aproximadamente, de la inversión directa total. El 7% restante se distribuye entre comercio, industria manufacturera, construcción, servicios, bancos y seguros en proporciones diversas.
De este modo, la inversión extranjera industrial se complementa con la inversión extranjera comercial dentro de un sistema de alta productividad que, encadenado con la inversión extranjera en bancos, servicios y seguros, remacha sobre la economía nacional la característica de dependencia y mediatización a que la somete la hegemonía absoluta del capital extranjero en la explotación de los hidrocarburos y de la minería.
El capital extranjero está guiado por una experiencia centenaria y por una inteligencia muy bien organizada: un nacionalismo ingenuo es el mejor caldo de cultivo para sus operaciones.
Si en el primer caso el capital fundamental es extranjero y, en el segundo, es nacional, se hace evidente el hecho de que la dinámica del desajuste opera progresivamente en favor de la inversión extranjera y en detrimento del interés nacional. Si esa inversión extranjera como en el caso nuestro, viene predominantemente de Norteamérica, es evidente que la economía venezolana es una rica factoría de los Estados Unidos: ¿No somos, pues, una colonia?
Es así como el dominio extranjero se extiende y consolida en el país sin correr riesgos ni traer capitales. Es así como lo que con tanto orgullo suele llamarse industrialización nacional no es sino un proceso de complementación del colonialismo económico de los Estados Unidos sobre Venezuela.
Capítulo IV: UN PUENTE MADE IN USA
La desintegración establece dos corrientes paralelas de Estados Unidos a Venezuela: una corriente de bienes agrícolas importados para la industria y una corriente de bienes industriales importados para la agricultura. Este cuadro se complica en la realidad con una tercera y poderosa corriente de bienes industriales del exterior al interior, representados por las importaciones de intermedios químicos, petroquímicos y metalmecánicos para el subsector manufacturero de bienes durables.
El capital extranjero, en nombre de una tecnología supuestamente intransferible y de un mercado supuestamente cautivo, viene al aprovechamiento de la etapa menos arriesgada y más productiva de las industrias básicas.
De este modo nos hallamos con la casa invadida y con todas sus salidas tomadas por el enemigo: este tiene en sus manos, desde hace medio siglo, la industria fundamental (el petróleo), ha penetrado y domina las etapas y renglones más lucrativos del sector manufacturero y, ahora mismo y adelante de nosotros, está tomando posesión de la petroquímica, ya tomó el aluminio y asedia sin tregua a la siderúrgica. A esto es a lo que hemos denunciado como una monstruosa operación de puertorriqueñización de nuestra economía.
Estados Unidos será el gran ganador de una integración hecha a la medida de sus intereses, una integración de colonias en la cual cada país será un puente especializado del capital extranjero para dominar en gran escala un mercado integrado que se cierra para las manufacturas de otros continentes, pero que se abre sin defensa al establecimiento de grandes sucursales norteamericanas. Para esa penetración, Venezuela tiene asignado su papel: será el puente a través del cual grandes consorcios petroquímicos y metalúrgicos de Estados Unidos controlarán el abastecimiento regional.
La política económica de Venezuela (para 1967) debe dar prioridad a los cambios estructurales internos a los cuales ya nos hemos referido. Sacar todo el partido que aún es posible de las potencialidades de su mercado interno, asegurar la autonomía y el control de su crecimiento, completar el desarrollo trunco de sus industrias básicas en el más corto plazo y lanzarse al mercado exterior partiendo de un desarrollo equilibrado que evite al país una integración para retroceder y lo prepare a una integración para avanzar, tal es el marco general de política económica que se desprende como conclusión de nuestro análisis.
El hecho de que no hay tierra ocupada por el ejército del más poderoso, sino capitales y gerentes respaldados desde lejos por aquel ejército, hace más humillante y explosiva la situación porque el deseo natural de liberarse que provoca todo género de explotación se añade, en el caso del neocolonialismo, la conciencia de que los amos son de afuera. Y esta conciencia adquiere extremos irritantes cuando los servidores internos de esos amos tratan de cubrir la vergüenza de su entrega con un lenguaje falso en el cual la evocación de los héroes y el uso de las palabras libertad, derecho, democracia y soberanía son tan solo un miserable aspecto del escarnio social y humano en que metieron sus vidas.
Por ello, la violencia antiimperialista es más avasallante y continua que la violencia feudal. En aquella, el odio de las clases explotadas contra las clases opresoras aparece reforzado por el odio al invasor, y ambos odios han movido durante milenios las palancas de la historia.
