lunes, 25 de enero de 2016

SOMOS DE CARAOTA Por: Eisamar Ochoa y Alfredo Miranda Publicado en Revista Memorias de Venezuela No 30

DURANTE LOS ÚLTIMOS 40 años se han generado intensos debates, en el campo de la arqueología y la antropología, sobre los sistemas de producción agrícola de las sociedades prehispánicas americanas, así como sobre los rubros de mayor importancia que integraban estos sistemas. Si bien se ha puntualizado la importancia general que el maíz y la yuca tuvieron dentro de la dieta de los grupos agricultores que habitaron el territorio que hoy conforma Venezuela, las leguminosas, aunque son reconocidas como parte de los alimentos consumidos, no han contado con la misma atención de los investigadores.

Sin embargo, su importancia parece haber sido crucial, dada la antigüedad de las evidencias sobre el consumo de leguminosas silvestres en el centro y sur de América anteriores a 6.000 a.C., que corresponden a semillas del género Phaseolus (caraota), al parecer de varias especies que todavía no habían sido domesticadas completamente a través del cultivo.

El proceso de domesticación y selección sucesiva durante miles de años trajo como consecuencia el desarrollo de cientos de variedades locales, que pasaron a constituir elementos identitarios clave dentro de la dieta de las diferentes culturas y comunidades. El consumo y cultivo de la caraota, así como el de muchas otras especies de leguminosas, se encontraba amplia y heterogéneamente extendido entre las sociedades prehispánicas de todo el continente americano, siendo las de mayor consumo la caraota (Phaseolusvulgaris, Phaseoluslunatus), el maní (Phaseoluscoccineus,Phaseolusacutifolius, Arachishypogaea), el chocho (Canavaliaensiformis, Canavaliaplagiosperma, Lupinusmutabilis) y la guama (Inga edulis e I. feuillei).

Un alimento primordial
Cuando se produce la invasión europea a América y se impone violentamente el patrón cultural occidental se introducen otras especies de leguminosas tradicionalmente consumidas en Europa y África, algunas de las cuales se incorporaron desde muy temprano a las tradiciones de cultivo indígenas y pasaron a ser concebidas posteriormente por las comunidades campesinas como parte de los cultivos tradicionales: arvejas (Pisumsativum), habas (Vicia faba), lentejas (Lens culinaris), garbanzos (Cicerarietinum), frijoles (Vignaunguiculata), guaracaros o chivatas (Dolichoslablab) y los quinchonchos (Cajanuscajan), los dos últimos vinculados con la introducción de los esclavos africanos.

Estas leguminosas, al igual que las que fueron cultivadas desde el período prehispánico, se mantuvieron históricamente como cultivos de autosubsistencia. 

El régimen alimentario que se conformó durante más de tres siglos con la dominación del imperio español, y que constituía la alimentación básica de casi la totalidad de la población para el siglo XVIII, pasó a conformar durante el siglo XIX el patrón alimenticio tradicional de la sociedad venezolana y permaneció sin muchas modificaciones hasta entrado el siglo XX, cuando el impacto de la producción petrolera en Venezuela y la transformación en los patrones de producción y consumo modificaron los estilos de vida y las tradiciones alimentarias históricas de la población. Dentro de este patrón alimenticio histórico el consumo de leguminosas fue abundante y su producción siempre fue suficiente para la satisfacción delas necesidades locales de consumo. Las leguminosas se conformaron como un elemento unificador fundamental de los sistemas de producción agrícola campesinos venezolanos del siglo XIX y primera mitad del XX, en estos existen variaciones relacionadas con los distintos ecosistemas que a la vez se entrelazan con igual o mayor fuerza a la influencia diferencial de los saberes y flujos culturales asociados a la presencia marcada de poblaciones indígenas, africanas y europeas.

El impacto devastador del agronegocio
Con el auge de la explotación petroleracomienza a producirse una intensa migración poblacional hacia las ciudades, lo que ocasionó una drástica modificación de la estructura productiva del país que llevó al creciente abandono de los campos y la actividad agrícola, modificando además la misma producción, incorporando, cada vez en mayor medida, los elementos de la agricultura capitalista rentista, centrada en la producción para el mercado.

Vinculados con el establecimiento de la industria agroalimentaria en Venezuela se dan los primeros programas de mejoramiento de semillas, aplicados especialmente en aquellas especies de leguminosas que tenían las características morfológicas para adaptarse al sistema mecanizado que intentaba imponer la maquinaria agroindustrial estadounidense, la cual privilegiaba el cultivo de leguminosas herbáceas en detrimento de las variedades arbustivas y de enredadera. En este sentido, se priorizó el cultivo de la caraota negra (Phaseolusvulgaris) y el frijol (Vignaunguiculata), acompañado del empleo de fertilizantes, pesticidas y herbicidas, dejando de lado cientos de variedades locales con miles de años de tradición de cultivo y consumo. Como consecuencia de la implantación de este modelo de producción agrícola de monocultivo se produce la pérdida gradual de los conocimientos ancestrales y tradiciones vinculados a la producción, además de que se vio afectada la fertilidad de los suelos y los rendimientos de los cultivos, lo que ha traído como resultado histórico la creciente necesidad de importación de un porcentaje muy elevado de las leguminosas que se consumen en el país.

Alternativas para el presente 
La articulación y unificación de los distintos movimientos sociales, campesinos, académicos y ecologistas, en torno a la lucha por la transformación radical del sistema hegemónico de producción agroindustrial y hacia la creación de nuevos modelos adecuados a nuestras necesidades y particularidades culturales, históricas y ecológicas, ha evidenciado la necesidad de explorar y rescatar elementos y saberes de nuestros sistemas agrícolas indo-campesinos ancestrales, con los que se pueda avanzar hacia nuevos modelos de producción de alimentos. Estos elementos del conocimiento y la práctica ancestral no se reducen a las técnicas empleadas en la producción o las variedades cultivadas, sino que involucran también las formas de organización y tenencia de la tierra, manejo de ecosistemas, así como la transformación y diversificación de nuestros hábitos alimenticios.

En el caso de las leguminosas, son diversas las iniciativas emprendidas por parte de las comunidades organizadas e instituciones del Estado venezolano para el rescate de las variedades locales, la creación de semilleros comunitarios y la reconstrucción de las historias locales que dan cuenta de las transformaciones históricas que han afectado las tradiciones de cultivo y consumo de este rubro alimenticio en el presente. Sin embargo, la búsqueda de nuevas alternativas para la producción de alimentos, necesariamente debe ir de la mano con la construcción de nuevas formas de organización social, en donde se trascienda la perspectiva antropocéntrica occidental y se supere la percepción de la naturaleza como un recurso al servicio de la humanidad. La tarea está, entonces, en reconocer nuestra memoria histórica aborigen y campesina, y rescatar de ella aquellos aspectos que permitan construir un nuevo presente.

COMER CARAOTAS, SABIDURÍA ANCESTRAL

Las visiones del pasado forman el sustrato político de referentes necesarios para trasgredir y transformar las condiciones socioculturales existentes. El estudio de los sistemas de producción agrícola de las sociedades prehispánicas americanas, especialmente el consumo y cultivo de la caraota, así como el de muchas otras especies de leguminosas, resulta de gran importancia para revertir los patrones de consumo alimenticio promovidos por el agronegocio, desarrollado a partir de la producción petrolera en Venezuela, modificando abruptamente los estilos de vida y las tradiciones alimentarias históricas de la población.