Así nos llamó el tirano Aguirre, conquistador español, allá en la isla de Margarita en 1526; así éramos, somos y seremos los venezolanos.
La arepa es el pan que nos legaron nuestros abuelos indios y aquí presentamos su evolución desde que el maíz era molido a mano y en piedras hasta la actual fase de la harina precocida. Es tan milenaria que resulta casi imposible determinar cuándo aparece sobre la faz de la tierra, en lo que posteriormente se llamaría Venezuela. Es tan milenaria como el maíz, grano sagrado de la América antigua. Se estima que su aparición y uso tiene más de cuatro mil años en estas vastas tierras y su importancia económica y cultural, para las sociedades autóctonas, se halla hermosamente plasmado en sus mitologías, como en el Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas, tan sólo uno de los muchos ejemplos de ello. Su creación y decantación podemos ubicarla, grosso modo, en tres grandes procesos, desde el punto de vista técnico, para la fabricación del más delicioso y antiguo alimento que llega cada mañana al hogar, tanto de venezolanos y venezolanas como de todas aquellas personas que adoptaron esta tierra como suya.
La arepa es el pan que nos legaron nuestros abuelos indios y aquí presentamos su evolución desde que el maíz era molido a mano y en piedras hasta la actual fase de la harina precocida. Es tan milenaria que resulta casi imposible determinar cuándo aparece sobre la faz de la tierra, en lo que posteriormente se llamaría Venezuela. Es tan milenaria como el maíz, grano sagrado de la América antigua. Se estima que su aparición y uso tiene más de cuatro mil años en estas vastas tierras y su importancia económica y cultural, para las sociedades autóctonas, se halla hermosamente plasmado en sus mitologías, como en el Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas, tan sólo uno de los muchos ejemplos de ello. Su creación y decantación podemos ubicarla, grosso modo, en tres grandes procesos, desde el punto de vista técnico, para la fabricación del más delicioso y antiguo alimento que llega cada mañana al hogar, tanto de venezolanos y venezolanas como de todas aquellas personas que adoptaron esta tierra como suya.
Mi relación con el tema es de vieja data ya que, desde pequeño, las veía fabricar en la hacienda de mi padre, y pensé que se me haría fácil este trabajo porque conocía el proceso de elaboración de la arepa con la técnica del pilón. A medida que lo fui investigando, me di cuenta de que realmente no lo conocía en su totalidad y que, seguramente, el resto de mis compatriotas tampoco.
Para ello, voy a tomar como punto de partida la investigación, escrita y filmada, de un doctorado en Cine Antropológico, en la Universidad de París X-Nanterre, que tuvo como objetivo principal mostrar los cambios aparecidos en esta actividad culinaria tradicional, y su permanencia y actualidad en el régimen alimenticio del pueblo venezolano.
UNA MIRADA SOBRE LA AREPA, EL PAN VENEZOLANO
Se estima que su aparición y uso tiene más de cuatro mil años en estas vastas tierras y su importancia económica y cultural, para las sociedades autóctonas, se halla hermosamente plasmado en sus mitologías, como en el Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas.
Se estima que su aparición y uso tiene más de cuatro mil años en estas vastas tierras y su importancia económica y cultural, para las sociedades autóctonas, se halla hermosamente plasmado en sus mitologías, como en el Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas.
Los caribes venezolanos usaron indistintamente dos variedades de esta especie vegetal, el chocori y el maduro. Este último servía para preparar el pan de maíz, según técnicas que hasta la fecha se conservan, en particular, en el oriente del país. Se le daba una forma redonda similar a la del sol, al cual simbolizaba. Lo denominaron erepa, nombre genérico del maíz maduro en lengua de los cumanagotos.
Según algunos cronistas, los peninsulares se sorprendieron de encontrar pobladas que no se alimentaran con trigo. “Así como en las partes del Orbe Antiguo, que son Europa, Asia y África, el grano más común a los hombres es el trigo, así en las partes del Nuevo Orbe ha sido y es el grano de maíz” nos dice el padre José de Acosta, uno de los primeros cronistas del Nuevo Mundo en su Historia Natural y Moral de las Indias.
Nuestros antepasados precolombinos, que eran buenos agricultores y pescadores, habían resuelto de diversas maneras la fabricación de su pan. De allí, que uno de los pocos platos venezolanos autóctonos que conserva en cierta forma su proceso de fabricación, es la arepa. No en vano se dice que los hábitos nutricionales son los más difíciles de cambiar, sobre todo cuando se trata de hábitos que tienen un peso ancestral. La arepa lleva la marca autóctona del indígena que la legó a la tradición de la familia venezolana. En este sentido, es difícil compararla con otro alimento.
El padre Caulín dice que, por extensión, la palabra erepa, nombre genérico del maíz maduro en lengua cumanagoto, designaba al pan de maíz y, de un modo más general, la comida. Esta palabra ha pasado al habla venezolana bajo la forma ‘arepa’: la expresión popular ganarse la arepa, quiere decir ganarse la comida.
Erepa: el pan cumanagoto
Cuando los conquistadores llegaron a estas tierras, descubrieron una nueva gramínea para el mundo: el maíz; y descubrieron un nuevo pan, la arepa. Para ellos, fue una gran sorpresa, porque los españoles no concebían que oleadas de hombres pudieran alimentarse de otro pan que no fuera el de trigo, millo o cebada.
Desde el punto de vista histórico, nuestro pan es el resultado de machacar los granos de maíz “erepa” por los indígenas, sobre una piedra de moler, ayudados de una “mano” también de piedra.
Según Mariano Picón Salas, las nobles razas creadoras de la arepa, le daban la forma de disco solar a manera de veneración,“era una forma de adorar al Sol y la Luna, que eran los dioses de estas etnias”. Es allí, pues, donde nace nuestro pan cumanagoto que, luego de ser triturado con todos sus nutrientes, era amasado con agua para pasar de nuevo sobre la piedra; de manera de hacer una especie de ‘telitas’ que se van apilando en un plato de peltre (según nuestra reconstitución fílmica) para entonces darle forma solar y cocinarla sobre tres topias, con leña, en una plancha circular de barro cocido.
Desde el punto de vista morfológico, la arepa es nuestra, porque solamente en Venezuela se le da esa forma. Redondez y grosor certifican la procedencia de la arepa y la distinguen de alimentos similares realizados en otros países latinoamericanos, como por ejemplo la tortilla mexicana. La filología también ratifica su procedencia ya que la palabra viene del vocablo cumanagoto erepa, que también significa ‘maíz tierno’.
Constancia que quedó plasmada en la obra del italiano Girolamo Benzoni, Historia del Nuevo Mundo (1579), uno de los primeros cronistas que hizo alusión explícita al proceso de elaboración de la arepa y a la prodigalidad del maíz. Asombrado narra cómo se reproducía esta gramínea y cómo una variedad de maíz daba tres cosechas al año, cosa que no se lograba con el trigo, acota.
La Arepa: el pan venezolano Posteriormente, aparece el pilón de madera para decorticar el maíz, el cual no es más que un tronco excavado en su parte central superior en forma de copa; y el budare de metal introducido por los holandeses en el siglo XVI, lo que de cierta manera, cambiaría la técnica de elaboración de nuestro pan indígena. En esta segunda etapa evolutiva, la producción de la arepa llegará a conformar ventiún (21) operaciones, en su fase de preparación desde que nuestras mujeres comienzan el deshoje de las mazorcas, desgrane y limpieza, pilado y venteado del maíz para sacar el pico y el nepe (un subproducto que se les da a los animales). Posteriormente, se lava, se hierve, se muele, se amasa, se elaboran las arepas y se cocinan en el budare, hasta dorarlas al rescoldo. Es una actividad que puede considerarse exclusiva de la mujer, pues el hombre casi nunca ayuda. Es por ello que, en nuestra investigación, venimos sosteniendo que nuestro pan es elaborado por ‘panaderas’, al contrario del pan de trigo, que es fabricado por panaderos.
Pero cuando se habla de pilar, las mujeres olvidan la parte dura de la faena, sobre todo cuando lo hacen a dos manos. Luis Felipe Ramón y Rivera dice que es “raro, rarísimo que alguien tenga ganas todavía de cantar para este tipo de trabajo, al cabo de un día de rudo batallar, y sin embargo en la isla de Margarita se han hallado los únicos ejemplos de cantos estrictamente funcionales para esta tarea”.
El uso de la piedra de moler y del pilón comenzaron a ser sustituidos entonces por la mecanización que ya existía –en lo que atañe al maíz, desde 1837– cuando se ofrecían en nuestra capital máquinas para desgranar y moler, según nos da cuenta José Rafael Lovera, en su Historia de la Alimentación Venezolana, y por el uso doméstico del célebre molino “Corona”.
La elaboración de la arepa era, hasta entonces, hogareña, sin fines de lucro, pues se preparaban para el consumo familiar. Con la aparición de los molinos industriales, aumenta la producción y la arepa deja de ser hogareña para comenzar a venderse en los barrios. Posteriormente, a comienzos del año de 1950, se abren algunos locales para la venta de arepas rellenas bajo el nombre de ‘areperas’, abriéndose la primera en El Guarataro, en la época de gobierno del general Marcos Pérez Jiménez, con un inmenso éxito. Por ello, me siento con la suficiente autoridad para decir que el origen de nuestras areperas proviene del mundo rural, en el cual pasé mis primeros veintidós años. Yo recuerdo que, de niño, me llamaba mucho la atención la mochila larense de sisal, que la mujer campesina le preparaba a su compañero para el jornal y que, posteriormente, fue reemplazada por una vianda de aluminio. Esa mochila, que los hombres, y posteriormente las mujeres, se llevaban para el corte de la caña de azúcar y para el cultivo de maíz o el quiebre de la mazorca, llevaba en su seno unas arepas rellenas hechas con maíz pilado y cocinadas en fogón de tres topias.
Como testigo presencial, sostengo que esas arepas rellenas son los ancestros de las areperas que hoy conocemos y que hicieron su aparición, tímidamente, en los albores de los años cincuenta, en las zonas marginales de casi todas las principales capitales de los estados del país. Areperas, que si bien se las atribuimos a la visión comercial de los portugueses, hay que reconocer que fue nuestra mujer rural quien la creó, y facilitó de esa manera su comercialización.
Pero no es sino hasta la década de los años sesenta, en que hace su aparición en el mercado industrial venezolano, la harina de maíz precocida; un aporte tecnológico del profesor Luis Caballero Mejías, lo cual vino a simplificar, en gran medida, la elaboración de nuestro pan cumanagoto tendiente a desaparecer por la influencia foránea de inmigrantes quienes, como era normal, traían sus costumbres. Con este avance científico y tecnológico, en el área de la alimentación y de la transformación de alimentos, se simplifica el proceso de fabricación de nuestro pan cotidiano.
Al suprimirse varias de las operaciones prehispánicas en esta actividad culinaria, se acelera su fabricación, se incorpora al hombre a la práctica de su elaboración y se coloca en el plano internacional por la facilidad de transportar la materia prima procesada, lista para su reciclaje, sin dejar por ello en desuso las palabras de López de Gómara: “Es, en fin, el maíz cosa muy buena y que no la dejarán los indios por el trigo, según tengo entendido. Las causas que dan son grandes, y son éstas: que están hechos a ese pan, y se hallan bien con él; que les sirve el maíz de pan y vino, que multiplica más que trigo; que se cría con menos peligro que trigo, así, de agua y sol como aves y bestias; que se hace más sin trabajo, pues un hombre sólo siembra y coge más maíz que un hombre y dos bestias de trigo”.
Pues tal y como dijera “El tirano” Aguirre hace más de cinco (5) siglos, sí, comedores de arepa fuimos, somos y seremos los venezolanos.


