Las novelas del siglo pasado son todas
sobre la Venezuela agrícola, el modo de producción de la nación. Nuestra
literatura y nuestra cultura reflejaban ese hecho: éramos una sociedad
rural. Peonía, de Manuel Vicente Romero García; Doña Bárbara y Sobre la
misma tierra, de Rómulo Gallegos; todas son novelas rurales. Hasta
Memorias de Mama Blanca, de Teresa de la Parra, trata acerca de una niña
en una hacienda. El modo de producción está perfectamente expresado en
la inmensa mayoría de nuestra producción literaria y cultural. En
cambio, en cuanto al petróleo, son unos pocos los que se ponen a
trabajar sobre ese tema.
Por ejemplo, uno ve solitarias, casi
despeñando, obras como Mene y Casandra, de Ramón Díaz Sánchez y Oficina
Número 1 y Casas Muertas, de Miguel Otero Silva, que tratan literalmente
de la explotación del hidrocarburo, de los cambios, la desolación de
las poblaciones y la migración de los campesinos hacia los campos
petroleros.
Fuera de eso, el petróleo deserta de la
narrativa. Hay un título de un libro de Adriano González León,
Asfalto-Infierno, pero no trata sobre eso. En País Portátil hay un
personaje (empleado de una compañía petrolera extranjera), pero son
toques como de refilón. Y también en nuestra plástica son raras las
obras que toman en conjunto el tema del petróleo.
En el teatro encontramos Las torres y el
viento, de César Rengifo, obra en la que se aborda el tema petrolero,
pero no de una manera integral. Tenemos además La hora Texaco, de Ibsen
Martínez. Y si vamos a ver, también ahí hay esa escasez a la que me
refiero. En este recuento cabe mencionar Zona de tolerancia, de Benito
Irady, texto que presenta una serie de relatos, testimoniales de los
obreros petroleros, unos cuentos extraordinarios.
En el cine hay excepcionales
documentales, como Pozo muerto (Carlos Rebolledo, 1967), y en la
cinematografía, por ejemplo, está Maracaibo Petroleum Company (Daniel
Oropeza, 1974), que es una película un tanto frustrada y que trata más
de las desventuras de una pareja intentando insertarse en el mercado de
trabajo de Maracaibo que del propio petróleo. Está también La hora
Texaco, (Eduardo Barberena, 1985) basada en la ya mencionada obra de
teatro de Martínez. Y hay una película, El Escándalo (Carlos Oteyza,
1987), sobre los espías petroleros, gente que vendía datos e información
de Petróleos de Venezuela.
En lo posible siempre puse en mis libros
el tema petrolero. Yo pasé parte de mi infancia en los Campos
Petroleros de Oriente, que eran como una cosa aparte. El lado americano
era una especie de campo de golf, cercado con alambrada, donde había un
automercado en el cual los productos llegaban libres de impuestos; ese
era el llamado Comisariato. El que poseía una tarjeta del Comisariato
gozaba de un pase extraordinario, era como una credencial de
aristocracia. Desde luego, en algunas de mis novelas, como en La
palabra, hago referencia a toda esa cultura del campo petrolero, y
reseño hechos como la huelga petrolera del 36, que antes no se habían
tratado narrativamente. Reuní los testimonios de Rodolfo Quintero, quien
participó directamente en la misma, y de Kotepa Delgado, que fue uno de
los agitadores del movimiento.
Pero todo eso es comparativamente
escaso. No hay una obra que siga la vida cotidiana de un obrero
petrolero, lo que significa perforar un pozo, los accidentes laborales,
etc. Se filmó en Venezuela una película de Henri Georges Clouzot (1953),
basada en el incidente de unos camiones de dinamita que van a exprimir
un pozo petrolero, El salario del miedo, la cual sí versa sobre la
industria petrolera. Esto muestra como de repente le podía resultar más
llamativo ese fenómeno a un cineasta extranjero que a los venezolanos.
¿A qué podría deberse esto? Yo creo que
este fenómeno tiene que ver con que nuestros trabajadores petroleros han
sido una fracción sumamente pequeña de la población. El conjunto de
venezolanos que explotan el petróleo son muy pocos, unas decenas de
miles. Hoy día ha aumentado la nómina petrolera, pero en realidad siguen
siendo algo así como 100 mil, una fracción ínfima de los 30 millones de
venezolanos. Entonces, al abarcar una cantidad tan pequeña de la
población, ese proceso no tiene una incidencia directa, pero sí tienen
una incidencia indirecta los efectos inmensos de la producción petrolera
en nuestro país, y sobre eso, acerca de esos temas, sí hay una
abundante producción cultural.
De la austeridad al consumismo
Éramos, en el siglo antepasado, un país
con personas obligadas a una gran austeridad en sus modos de vida.
Habíamos sido un país, hasta cierto punto, centrado en lo nuestro,
aunque teníamos una elite siempre europeizante, o favorable a Estados
Unidos.
Actualmente, los medios de comunicación,
que son como los heraldos del consumismo, nos han insertado modelos
foráneos de actuación, de cultura. De modo que Venezuela en muy pocas
décadas ha asumido cambios que a otras sociedades les han tomado siglos.
Por eso un poco el desencuentro y la fragmentación de nuestra vida
social. Las modificaciones, las transformaciones han sido rapidísimas,
muy profundas, y todavía no encuentran una forma estable; son
inestables, desiguales.
Uno tiene que partir de la idea de que
la infraestructura económica tiende a determinar, aunque no de una
manera automática, la súper estructura ideológica. Entonces es bueno
estudiar en qué forma nuestra infraestructura económica, que ha pasado a
ser la de un país exportador de un recurso natural que se extrae, ha
cambiado nuestra manera de pensar. Yo creo que sobre el petróleo hay en
el país una especie de ceguera histérica. Se ha tendido a ignorar el
fenómeno o a disimularlo, o también, a presentarlo como una cosa malvada
y demoníaca de la cual hay que prescindir.
En ese sentido, fíjate tú que se han ido
creando expresiones como el excremento del diablo, el laberinto del
minotauro, etc., tendiendo a satanizar el petróleo, es decir, a hacer
creer que el petróleo es algo malo. ¿Para qué? para lograr que los
venezolanos le tengamos una especie de tirria y digamos: tenemos que
desprendernos de esa cosa tan mala, tenemos que dejárselo a otros, a las
transnacionales, ¡que por favor se lo lleven para que no nos haga tanto
daño! Yo creo, por el contrario, que es un recurso extraordinario, el
mundo depende de él.
Hay que decir que frente a la relativa
escasez de tratamiento del tema petrolero en la narrativa, o en la
plástica venezolana, e incluso, podría decirse que en la música y hasta
en la canción popular, contrasta, sin embargo, una producción
ensayística excepcional. Libros como Hacia la democracia, de Carlos
Irazábal; Historia económica y social de Venezuela, de Federico Brito
Figueroa; Antropología del petróleo, un libro envidiable de Rodolfo
Quintero, y en las obras de Juan Pablo Pérez Alfonzo, algunas de ellas,
por cierto, realizadas en colaboración con Domingo Alberto Rangel, como
Hundiéndonos en el excremento del diablo, y otros sumamente críticos
sobre la dedicación del ingreso petrolero en el área nacional. En este
aspecto sí hubo creación de conciencia. Allí sí hubo un discurso crítico
sobre el petróleo.
A principios de los años 40 se lanzó una
consigna que se la atribuyen tanto a Arturo Uslar Pietri, como a
Alberto Adriani, sobre la siembra del petróleo, vale decir, acerca de la
utilización de los ingresos generados por su explotación para crear una
economía productiva en el país. Esta fue una consigna que se lanzó con
mucho espíritu.
Había un gran entusiasmo de la
intelectualidad por la comprensión del tema del petróleo en el país, lo
que en 1970 nos llevó a reunirnos en Cabimas (estado Zulia) a casi un
millar de intelectuales que llegamos allí precariamente, algunos en
colitas, en autobuses, etc, y pasamos un conjunto de días conviviendo
con la gente de la población, a veces pidiendo prestado los zaguanes
para colgar un chinchorro y poder dormir. Realizamos un congreso
cultural, modelo de acción cultural que ahí se lanzó a la vida nacional
en todos sus aspectos. Es más, se predijo que el modelo petrolero se iba
a agotar entre los años 1983-1984.
En aquel congreso de Cabimas una de los
postulados era precisamente la nacionalización de nuestros recursos
petroleros, la nacionalización además de otros recursos mineros como el
hierro, aluminio, etc. Allí se hicieron propuestas enteras y
completamente socialistas. Prácticamente toda la intelectualidad era
radical, era de izquierda, era muy raro un intelectual de derecha. Y en
ese sentido yo diría que se salvó el honor del petróleo venezolano en
ese congreso y en infinidad de otros eventos que entre otras personas
animaban intelectuales como Edmundo Aray y Pedro Duno. Es decir, había
un granero, una producción intelectual poderosa, decisiva, que llevaba
la vanguardia del pensamiento venezolano; eso quedó como un ejemplo de
acción cultural.
Allí además se hicieron obras de teatro
heterodoxas, se pintó un mural en un depósito petrolero abandonado. Yo
estuve intentando promover de nuevo un congreso de ese tipo pero
lamentablemente nunca se dio. Lo curioso es que en esa época en que
teníamos todas las condiciones en contra se hiciera ese gran congreso
cultural.
100 años de petróleo
Es difícil resumir 100 años de historia
petrolera en Venezuela en cuanto a sus íconos fundamentales. En primer
lugar está el inicio de las exportaciones. Es difícil fijarlo en sus
comienzos porque hubo pioneros que sacaban uno que otro barril, pero yo
diría lo siguiente: lo primero fue el reventón del pozo El Barroso,
hecho que determinó ante el imaginario nacional la importancia de esa
riqueza.
Otro evento resaltante: en 1929, en
plena crisis económica mundial, en nuestro presupuesto nacional los
ingresos por el petróleo superaron, por primera vez, a los demás rubros.
Desde entonces el papel del Estado como redistribuidor del ingreso
petrolero vino a determinar que su importancia fuera creciendo. Se hizo
evidente que no se le podía seguir manejando autocráticamente como lo
hacía, por ejemplo, Juan Vicente Gómez, y que además era necesario
articular nuevos modos de participación política, espacio que al
principio llenaron los partidos socialdemócratas, los partidos llamados
populistas.
Hay que señalar que en 1930, gracias a
esa riqueza, Juan Vicente Gómez paga la deuda pública venezolana, hecho
trascendente porque entre 1902 y 1903, Inglaterra, Alemania e Italia
habían realizado un bloqueo y bombardeado nuestras costas para cobrar
empréstitos externos artificialmente inflados.
En 1936, apenas muerto Juan Vicente
Gómez, una huelga petrolera suspende la producción durante mes y medio y
marca el ingreso del proletariado como tal, industrial, dentro, no ya
de la economía, sino de la política del país. Había habido otras
huelgas. Hubo una huelga de panaderos en Caracas y una de telegrafistas.
Ese mito, que intentó implantar la socialdemocracia, de que antes no
había movimientos sociales, es falso, pero por su importancia la huelga
petrolera fue definitiva.
Eleazar López Contreras, el presidente
que sucedió a Juan Vicente Gómez, liquidó esa huelga mediante la
represión absoluta. Toma militarmente los campos petroleros y aprueba
cosas insignificantes como un bolívar diario de aumento a los
trabajadores.
Otro ícono importante: cuando el
presidente Isaías Medina Angarita, elegido democráticamente, sanciona
una norma –La Ley de Hidrocarburos de1943– que prevé la nacionalización
petrolera, la reversión de la industria petrolera para 1983. En ese
momento todos los activos de la industria debían regresar al patrimonio
nacional sin pagar un centavo.
También es unhito significativo el golpe
de Estado del 18 de Octubre de 1945, a raíz del cual Rómulo Betancourt
inicia una política de concesiones que incrementa masivamente la
participación de las empresas estadounidenses. Hasta entonces,
curiosamente, predominaban en nuestra industria las petroleras inglesas y
las petroleras holandesas. Pero a partir de Betancourt empieza a
predominar el capital estadounidense. Él se trae a Nelson Rockefeller,
quien crea una gran industria que se llama la Basic Economic Corporation
para sus inversiones en Venezuela, la cual multiplica
extraordinariamente las inversiones de capital y va a cambiar de manera
determinante el modo de vida del venezolano a través del consumo y de
toda otra cantidad de manifestaciones decisivas de la presencia del
capital estadounidense en el país.
En 1956 Marcos Pérez Jiménez crea la
primera empresa petroquímica nacional, que parece ser una de las razones
por las que pasó a ser mal visto por Estados Unidos.
La nacionalización del petróleo, en
1975, en un momento en el cual a las transnacionales les convenía
centrarse en la comercialización del recurso y no en su extracción y
demás actividades que implicaban relaciones laborales complejas con los
obreros, líos con la legislación, etc. Pero después de la
nacionalización se siguió imponiendo el punto de vista de los intereses
petroleros foráneos en el país.
Después de la nacionalización petrolera
se produjo una especie de reflujo del pensamiento y de la acción
intelectual sobre el petróleo por varias razones. En primer lugar,
porque una nacionalización chucuta, como se decía en la época, dejó
abierta la puerta de una reprivatización. En segundo lugar, porque se
respetaron tanto la estructura administrativa como la gerencia, los
procedimientos y las líneas estratégicas de todas las empresas
supuestamente nacionalizadas. Y en tercer lugar, porque empezó esa
tendencia hacia la privatización y la insistencia en la idea de ver el
petróleo como un excremento del diablo, como una cosa mala, negativa, de
la cual los venezolanos teníamos que deshacernos con el objetivo de
pasar a desarrollarnos por nosotros mismos, sin la existencia de eso que
nos deparaba tantos ingresos fáciles.
República caída
También es un hito fundamental la caída
de la llamada IV República. Varios factores contribuyeron a eso. En
primer lugar, la mala administración del bipartidismo. Tanto Acción
Democrática como el Partido Socialcristiano Copei, lamentablemente,
dilapidaron los recursos. Muchos de sus dirigentes incurrieron en una
corrupción verdaderamente insoportable, y además confiaron en que podían
seguir mandando sin llevar a cabo la redistribución de la riqueza.
Fue disminuyendo abruptamente el gasto
social, contrajeron deudas de una manera absolutamente irresponsable y
en un momento, a partir del llamado Viernes Negro (18 febrero de 1983),
se verificó que no había divisas con las cuales pagar inmediatamente
esos compromisos, por lo que se tuvo que acudir al Fondo Monetario
Internacional.
El paquete económico del presidente
Carlos Andrés Pérez aumentaba la gasolina, le quitaba el subsidio a
todos los rubros de alimentos, traía la masiva privatización de las
empresas del país. El gasto social disminuyó y toda la carga la iba a
soportar el pueblo, a favor de un conjunto de condiciones muy favorables
para la inversión extranjera. Eso fue un peso que la sociedad
venezolana no pudo soportar, y el pueblo, curiosamente sin dirigencia,
protagonizó esa enorme sublevación que sacudió la vida nacional el 27 de
febrero de 1989, que deslegitimó a la socialdemocracia.
En parte todo eso fue determinado por el
mal manejo del ingreso petrolero, el cual, poco a poco, se fue
desviando del gasto social y de las obras de infraestructura hacia los
grandes negociados y el pago de intereses de la deuda pública para los
consorcios financieros.
A Carlos Andrés Pérez lo enjuician por
corrupción, luego asciende al poder Rafael Caldera, pero no como
candidato de Copei, del cual había sido expulsado. El hecho a destacar
es la tendencia hacia la desnacionalización, hacia la sobreventa de
petróleo, hacia la sobreproducción, con el objetivo de que el precio del
petróleo bajara, para que PDVSA se hiciera no rentable y tuviera que
ser vendida a las transnacionales.
La batalla por PDVSA
Toda esa tendencia ideológica por la
privatización, que afortunadamente fue revertida por la Revolución
Bolivariana, fue uno de los detonantes del golpe de Estado del 11 de
abril de 2002, cuando el presidente Hugo Chávez Frías ejerce la potestad
soberana de la República, como única propietaria de PDVSA, de nombrar
su Junta Directiva.
Quienes dirigían el negocio petrolero se
creían tan por encima de la República, que sostenían, en una soberbia
inconcebible, que Venezuela no podía nombrar a los gerentes de la
industria. El hecho de que el Presidente ejerciera su potestad
desencadenó un golpe.
Después de eso vino, además, un sabotaje
petrolero en el cual la Junta Directiva de PDVSA y la Nómina Mayor se
declararon en rebeldía contra la Nación. Eso es sorprendente. Que una
empresa declare que ella no obedece a sus accionistas y, en este caso, a
su único accionista que es la Nación. Esta es una situación inédita en
la historia de los negocios, que afortunadamente fue superada por la
disciplina y la cohesión del pueblo venezolano.
