Campesinos pobres del estado Zulia, peones de haciendas e indígenas de la Goajira fueron los primeros pobladores de los campos petroleros de Venezuela. Participaron de forma violenta en un proceso de cambio de mayor complejidad que la adaptación de los hombres rurales a las condiciones de la vida urbana.
Hay en la comunidad del campo petrolero sectores sociales diferenciados unos de los otros por la manera de vivir; algunos son parte de la cultura nacional o de subculturas regionales.
Formalmente, el campo petrolero no se identifica con la organización y la autoridad político-administrativa de la región donde está enclavado (estado, distrito, municipio, caserío), pero se interinfluencian. En su dinámica, elementos opuestos de culturas en contacto luchan entre sí y al mismo tiempo tienden a interpenetrarse.
El campo petrolero es un instrumento de los capitalistas extranjeros para crear y mantener una estructura de clases, de explotadores y explotados; una armazón sostenida jerárquicamente por jefes y administradores.
En los primeros tiempos las posibilidades vitales de los pobladores de los campos petroleros son semejantes. Todos comparten los mismos riesgos. Por no existir medios que aseguren el alivio de los males individuales mediante vínculos con los empleadores, cada trabajador encuentra seguridad uniéndose a los que están en sus mismas condiciones. En conjunto crean una subcultura homogénea que hace reaccionar a las personas de forma similar ante símbolos iguales. Y esta homogeneidad cultural facilita la aparición y el desarrollo de una conciencia de clase que tiene expresión en comportamientos contrapuestos a las normas del grupo que dirige y administra el campo. Y, por extensión, de los que ocupan posiciones de poder y riqueza en la sociedad regional y en la nacional. La hostilidad de los jefes extranjeros hace que los criollos reduzcan los riesgos y se defiendan reteniendo cierta identidad cultural. Fortaleciendo la cohesión del grupo frente al ambiente. Las dificultades para alojarse, la obligación de trabajar alejados de familiares y amigos, las limitaciones de la libertad, tener que recibir órdenes transmitidas con una terminología desconocida, lo impersonal de las relaciones, etc.,complican los procesos de adaptación.
Los pobladores de los campos petroleros llegan desde diferentes regiones del país. En su mayoría son jóvenes en buen número, se sienten liberados del trabajo de la agricultura que practican de sol a sol, de las monótonas y peligrosas operaciones de pesca. Por duro que sea, el trabajo en la industria petrolera es resulta mejor, porque al terminar la jornada de cada día saben cuánto han ganado. Y pueden vivir sin depender de la incertidumbre de la cosecha, ni de las posibilidades ni contraposibilidades de éxito cuando se echa el chinchorroal mar.
Constituyen una clase dentro del sistema social de clases del campo petrolero y, por extensión, dentro del sistema de clases de la sociedad regional y de la sociedad nacional.
Instituyen la clase obrera. Porque en la organización de la producción del campo petrolero venden fuerza de trabajo y crean plusvalía; trabajan para las compañías y perciben un salario. En los primeros tiempos aportan la fuerza de sus músculos únicamente, puesto que nada saben de las técnicas propias de la industria petrolera. Después se califican, asumen grandes responsabilidades al manejar herramientas costosas. Pero siguen perteneciendo al mismo grupo social; son obreros.
En la primera fase de su desarrollo, la obrera es solo una clase con respecto a otra, por su posición socioeconómica y las relaciones que derivan de esta posición. En una fase superior toma conciencia de sí misma y de sus intereses; se hace un grupo político potencial y actúa como factor de cambio de la sociedad. En el campo, el extranjero es un productor de órdenes para el criollo. Y este un cumplidor de las mismas. Actuar de otra forma disgusta al “musiú” y puede costar al obrero el despido y hasta su incorporación a la “lista negra” que descarta las posibilidades de trabajo en la industria petrolera. El criollo también vive en guardia; acumula temores y odios.
Maifrends es el remoquete de los negros traídos por las empresas desde las Indias Occidentales. Al llegar a los campos se mantienen alejados de los criollos para cumplir órdenes de los jefes extranjeros, que los desprecian por su piel oscura, pero los prefieren para el trabajo por ser más dóciles que los venezolanos. Los del oriente del país viven en barrios donde se grita, entonan canciones marineras y se cree en la Virgen del Valle. Los de la región occidental son silenciosos, forman barrios menos alegres. Y no faltan los conflictos interbarrios.
La cultura del petróleo entra en contacto con subculturas criollas para ajustarlas a su disciplina. El proceso tiende a convertir el campo petrolero en“metrópolis” de la región, que impone de afuera hacia adentro una conducta. La cultura del petróleo presiona las culturas rurales para que modifiquen su escala de valores, hábitos y pautas. Impone una transformación que provoca ansiedad colectiva y engendra situaciones conflictivas donde juegan sentimientos nacionalistas. El campo petrolero no es una ciudad, tampoco una aldea. Es una plantación industrial, un sistema socioeconómico incrustado en la sociedad nacional como efecto del colonialismo moderno.
Surge en el territorio venezolano como una organización social extraña, superpuesta, dirigida por hombres de culturas diferenciadas de las culturas y subculturas existentes en el país. Con una producción racionalizada, distinta del modo deproducción local. Por la abundancia de petróleo en el subsuelo, Venezuela resulta ser ambiente adecuado para el desarrollo de los campos petroleros. Por eso brotan como hongos en Zulia, Falcón, Anzoátegui, Monagas, Guárico, Bolívar. Por su aislamiento, por vivir y trabajar en ambiente propio, los trabajadores petroleros se preocupan y luchan fundamentalmente por sus intereses particulares.
Durante años esta actitud es un rasgo del grupo, que sabe poco de lo que sufren y hacen otros grupos de trabajadores en diferentes regiones del país. Ignoran su condición de destacamento principal de una clase social embrionaria; no tienen conciencia de su misión histórica. Carecen de una ideología que, derivada de su existencia social, exprese intereses clasistas.
Son peones de haciendas, artesanos de la provincia, pequeños agricultores, profesionales sin empleo, que tratan de “abrirse camino” como obreros y empleados de las compañías petroleras. Y al no lograrlo deben enfrentarse a un ambiente extraño y hostil, abandonar proyectos forjados en sus lugares de origen y convertirse en mesoneros de restaurantes chinos, sirvientes de comerciantes libaneses, vendedores de helados y empanadas, choferes de carritos por puesto, cargadores de maletas en los muelles, pregoneros del diario Panorama, de Maracaibo, u obreros de pequeños talleres de latonería, carpintería o zapatería. Forman parte de una población que, sin prestar servicios en dependencias de las compañías, viven de estas indirectamente.
El campo petrolero: sus máquinas, sus hombres, impresiona a los pobladores de las comunidades vecinas; su dinámica complicada se les hace misteriosa, inquietante. Es algo poderoso que se manifiesta en grandes torres de acero clavadas en la tierra y en el agua, tubos gruesos como robustas serpientes de cobre, flotas de camiones, buques-tanques y, sobre todo, aquellos “demonios rubios” con los bolsillos llenos de moneditas de oro con las que pueden comprar todo y regalar cuando se emborrachan.
El progreso de integración y desarrollo de los trabajadores petroleros como grupo social fue violentado por los sucesos desencadenados a raíz de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez. El impacto comienza a transformarlo de grupo social en sí, en grupo social para sí. Como parte de una clase social, los trabajadores petroleros empiezan a tomar conciencia de sus propias experiencias y a imprimir a sus acciones colectivas formas políticas de la lucha de clases. En 1936 los trabajadores petroleros viven el momento más interesante de su desarrollo como destacamento de una clase social: el paso de las formas económicas de lucha a las formas políticas.
Las acciones de las masas populares se inician signadas de nacionalismo. El estado Zulia, fortaleza de los colonialistas del siglo xx, sirve de escenario a grandes combates por la democracia y la independencia económica.Una vez incorporados al frente nacional que se propone la realización de cambios sociales cuantitativos y cualitativos, los trabajadores petroleros participan en combativas movilizaciones de masas.
Aprenden en la práctica que los colonialistas y las clases dominantes se sirven de las leyes para regular las relaciones de los venezolanos entre sí, de la forma que más conviene a los monopolios extranjeros.
Buen número de los trabajadores petroleros de la zona oriental son veteranos llegados desde el estado Zulia, que saben organizar sindicatos y dirigir huelgas. Algunos de ellos son militantes del partido revolucionario de la clase obrera.
Entre los jefes extranjeros de los nuevos campos hay también participantes en las luchas habidas en los campos de occidente, que saben obstaculizar la formación de sindicatos, perseguir a los dirigentes más capaces y abnegados. Por eso la sindicalización en Anzoátegui y Monagas es una tarea más difícil que la de Cabimas y Lagunillas; su realización reclama firmeza y abnegación. El movimiento petrolero de la zona oriental surge y se desenvuelve vinculado con el movimiento petrolero de occidente; en muchos aspectos es la reproducción, mejorada, de este, que es el gran surtidor de cuadros de todo el país. Los colonialistas ensayan formas nuevas de relaciones con el personal criollo, echan las bases económicas y sociales para el desarrollo de una aristocracia obrera que divida el frente clasista de los trabajadores. Para lograrlo cuentan con las fabulosas ganancias que proporciona la explotación del petróleo nacional, que permiten remunerar de forma especial buen número de trabajadores seleccionados. Sus bases sociales son creadas por el estilo de vida de estos, muy superior al del trabajador común. Los planes de aristocratización tienen éxito en algunas capas de los trabajadores petroleros. Mas no consiguen formar una aristocracia obrera semejante a la que existe en los países de gran desarrollo; en su lugar surgen los “empleados de confianza” vinculados con la burocracia estatal.
La burocracia sindical forma una tupida red de hombres parásitos, sin escrúpulos, que envuelve organismos y personas, maniobra y corrompe. Que hacen esfuerzos por destruir la conjugación del amor a la patria con el odio a los colonizadores e impedir que las luchas de los trabajadores se perfilen como acciones de liberación nacional.
Crean honores y premios (cantidades de dinero, medallas, becas para estudiar en Estados Unidos, pasajes para viajar a Puerto Rico); construyen viviendas, organizan sistemas de préstamos, ponen a funcionar escuelas. Todo esto con dos grandes finalidades: a) crear un mejor estado de ánimo de los trabajadores que los hace producir más y mejor; b) amortiguar las expresiones de la lucha de clases planteada de forma aguda en los campos petroleros.
Hay trabajadores del petróleo que logran descubrir lo fundamental de la dinámica de la sociedad venezolana y las leyes que la rigen. Lo consiguen en la medida que asimilan la teoría científica del movimiento obrero y sus vinculaciones con la práctica política. Pero no todos desarrollan la conciencia social a un mismo ritmo; unos se quedan rezagados, víctimas de las maniobras y deformaciones que los marginan de la ruta del progreso y los ponen al servicio de clases extrañas. Llegan a convertirse en agentes de los colonialistas y de las clases dominantes en el seno del movimiento obrero.Con el gobierno de los militares establecido en 1948 aparece en la escena de la actividad social petrolera un nuevo personaje: el gánster sindical. Lo paga y maneja el dictador Pérez Jiménez para formar su propio “movimiento obrero”. El gánster sindical trabaja en combinación con la policía; se dedica a desplazar por medios violentos a los burócratas del partido Acción Democrática y levantar en los sindicatos del ramo una maquinaria terrorista al servicio de las compañías.
El gansterismo se hace sistema. Elimina los aparatos de reformismo y corrupción montados por los acciondemocratistas, porque les resultan innecesarios. Ahora se persigue al obrero consciente sin contemplaciones ni disimulos, se le margina de la actividad sindical y política. En este ambiente el nuevo trabajador no encuentra a quién querer u odiar, no sabe dónde están sus amigos y dónde sus enemigos, carece de motivos para rebelarse y de razones para sentirse satisfecho. Piensa con ideas generales.
Llena su tiempo libre con planes puestos en marcha por una red de funcionarios visibles e invisibles, cuya función es alienar el ocio del personal de las compañías. El control por los capataces en el sitio de trabajo, la alienación del ocio por la “culturización de masas” hace que la vida del trabajador petrolero sea gris: sin emociones, aislada y llena de frustraciones, empeñada en huir de una alienación por medio de otra.
En buena parte su salario es cambiado por billetes de lotería, boletas de rifas, que les provocan expectativa y rompen la monotonía de su existencia. La familia petrolera termina haciéndose supersticiosa, practica la brujería, consulta horóscopos en una eterna búsqueda de soluciones para los problemas que surgen en su dramática soledad.
La cultura del petróleo deja huellas grandes y profundas; forma “hombres Creole” y “hombres Shell”, nacidos en el territorio venezolano pero que piensan y viven como extranjeros; hombres de las compañías y para las compañías, personas antinacionales. Expresión de un mestizaje repugnante, resultado de una política de “relaciones humanas” aplicada por los colonialistas. Obra de los monopolios internacionales animadores de aquella cultura. Tanto el “hombre Creole” como el “hombre Shell” asimilan los elementos propios de la cultura del petróleo y tienden a sustituir lo venezolano por lo norteamericano principalmente. Su estilo de vida copiado, impuesto, lo consideran expresión de progreso. Que, en su opinión, los hace superiores en un mundo de nativos, con estilos de vida primitivos.
Predomina en los campos petroleros una élite desenraizada del ambiente social, con estilo de vida que no es el de los trabajadores, facilidades de movilidad ascendente y mentalidad de clase media. Constituye una constelación sociosicológica que acerca sus componentes a la pequeña burguesía y obstaculiza las comunicaciones de estos con los efectivos de la clase obrera. Como toda cultura, la del petróleo ofrece a los grupos humanos un proyecto vital, soluciones preparadas que evitan el tener que partir desde cero en cada generación. Sin embargo, la cultura del petróleo no llega a ser muy profunda, es más bien superficial: entre los que viven en ella hay vacíos y sufrimientos; no procura satisfacciones suficientes, estimula la desconfianza y aumenta la impotencia y el aislamiento.
