martes, 30 de agosto de 2016

Capítulo I y II de Venezuela Violenta (Libro del prof. Orlando Araujo: escrito en 1968 Resumen).

Orlando Araujo (Barinas, 1928-Caracas, 1987) Connotado intelectual, economista y escritor venezolano. Dictó cátedras de Economía, Periodismo y Literatura en la Universidad Central de Venezuela. Su obra narrativa y poética se caracteriza por ser intensa y diversa, y de ello dan cuenta obras como La palabra estéril (1966), Operación Puerto Rico sobre Venezuela (1967), Situación industrial de Venezuela (1969), Compañero de viaje (1970), Narrativa venezolana contemporánea (1972), Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente (1977) y El niño y el caballo (1987), entre otras. En 1975 fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura. Venezuela violenta (1968) constituye un ejercicio brillante de su condición de agudo investigador comprometido con las mejores causas del pueblo venezolano.




Capítulo I: UNA IMPRESIÓN CAÓTICA
La paradoja y la contradicción son los ingredientes que tornan caótica, a primera vista, la imagen de la Venezuela de hoy, y es explicable la confusión de quien se asome a las ventanas de esta realidad y mire sencillamente adentro. Existe un gobierno grato a Washington sin que ello signifique una total confianza, a pesar de los esfuerzos del gobierno venezolano para no caer en desgracia. Se habla de la desaparición de las guerrillas o de su extrema debilidad, pero un día cualquiera se da noticia de una emboscada a una patrulla militar, de un encuentro entre soldados y guerrilleros, o de una acción urbana “terrorista”, todo ello en las narices de un Ejército siempre vigilante y bien asesorado. Un alto funcionario declara que se trata de una lucha desasistida de apoyo campesino, y un sacerdote denuncia el fusilamiento de unos campesinos que colaboraron con los rebeldes, al tiempo que aviones de las fuerzas aéreas destruyen sembrados y siembran pánico en la población rural. Los señores del capital se alarman, han confiado al gobierno la misión de pacificar el país a sangre y fuego, le han pedido que sea implacable y el gobierno lo es con verdadero empeño, pero los “extremistas” no se acaban y cada vez que se anuncia su aniquilación, dan demostraciones de su combatividad en varias partes del país.

¿Quién o quiénes son los culpables de la violencia que ha abrasado con su fuego los cuatro costados del país? ¿Por qué surgieron guerrillas en Venezuela?
“Venezuela tiene la clase de gobierno que mejor conviene a América Latina”, “Rómulo Betancourt es un gobernante que debiera ser imitado en el resto del continente”, “la democracia venezolana es ejemplar”, son expresiones corrientes en las declaraciones emanadas de la Casa Blanca y del Departamento de Estado y ellas encierran una dolorosa verdad: gobiernos como los de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y sus diversos asociados son los que mejor sirven a los intereses económicos y políticos del imperio del Norte porque tales gobiernos cubren con velos de formalismo legal, los andrajos de una popularidad perdida y de un prestigio subastado en el más vergonzoso remate de la soberanía económica, política y cultural del país.

Puestos en la alternativa de avanzar por el camino de las reformas a fondo, entrando en el inevitable conflicto con los grupos de poder pero fortaleciéndose en el apoyo popular, o la de mantener el apoyo de estos grupos al precio de conservar las viejas estructuras y garantizar los privilegios, aquellos hombres escogieron este último camino, creyéndolo el más fácil y el que les daría mayor estabilidad en el poder; pero la realidad les está demostrando lo contrario: escogieron el camino más difícil y más tortuoso, se volvieron contra sí mismos, traicionaron al pueblo que los había hecho fuertes y ahora caminan contra la historia, luchan contra la juventud de una nación que es toda joven y, como aquellos personajes de Dostoievski que un día dejaron de creer en Dios, van cayendo en todos los excesos y crímenes que su fe de antes les tenía prohibidos. Por su lucidez, por su conciencia, por su cultura, por su responsabilidad y por su compromiso, por todo ello la culpa de estos hombres es mayor que la de Juan Vicente Gómez y que la de Marcos Pérez Jiménez.

Por eso es por lo que la Universidad los odia y los desprecia como no despreció ni odió a Pérez Jiménez y a Gómez. Estos venían de afuera, eran sus enemigos naturales, los explicaba la barbarie, pero aquellos surgieron del seno de la universidad, bebieron su leche nutricia y ahora gobiernan contra la universidad y contra el pueblo, apoyados en los mismos símbolos en que aquellos se apoyaron: el Tío Sam y la espada envilecida que le sirve.

Veremos, entonces, que no es un capricho, ni una acción mimética la acción revolucionaria en Venezuela, que no son unos aventureros quienes dedican su vida para hacerla triunfar y que la violencia en Venezuela no es el fruto perverso de unos adolescentes temerarios dirigidos por adultos irresponsables, sino la llama alimentada por más de cien años de grandes esperanzas seguidas de grandes frustraciones y cuya explosión es provocada por la agudización de una crisis estructural llevada al estallido por una conducción errónea.

Capítulo II: LO PRIMERO ES LA TIERRA
El problema de la tierra es una de las claves de los más grandes conflictos sociales de nuestra historia. Colonia, Independencia, Guerra Federal, caudillismo, dictadura y crisis actual constituyen etapas y sucesos en cuyo fondo hallamos, a poco de hurgar en ellos, el anhelo aún insatisfecho de las masas campesinas de poseer la tierra que trabajan para otros.

La violencia original del latifundio

La concentración de las mejores tierras en pocas manos se debe más a la usurpación y ocupación de tierras comunales y “realengas” que a las “mercedes” concedidas por el poder real y que, estas “mercedes” o “donaciones” lo eran como compensación de un acto violento, el de conquistar la tierra y someter al indio mediante el uso de la fuerza. La propiedad agraria individual se incrementó a expensas de las tierras baldías y de las comunidades indígenas, mediante la ocupación y el despojo.

Objetivamente un imperio conquistó a un continente e impuso sobre él las formas de explotación vigentes para la época. Sobre el sistema primitivo de la economía se yuxtapuso el sistema feudal de los conquistadores y sobre los escombros de la sociedad indígena, enredándose y mezclándose con ella, se fue organizando una sociedad con dos clases antagónicas, la una formada por los usurpadores de la tierra, la otra formada por los excluidos de la tierra: la una explotadora, la otra servil. El período colonial, de aparente faz franciscana, es el tiempo necesario para que la clase dominante fortalezca y consolide su poder económico y para que las masas desposeídas y explotadas vayan incubando su necesidad y su capacidad de subversión.

Una revolución frustrada
En Venezuela, las rebeliones del Negro Miguel, la de los negros de Coro capitaneada por José Leonardo Chirinos, con consignas semejantes a las de los comuneros (“abajo los impuestos y muera el mal gobierno”); y la conspiración de Gual y España, con su inquietante canción: “Viva nuestro pueblo, viva la igualdad...” constituyeron episodios de aquel conflicto engendrado por la concentración de la riqueza y profundizado por los antagonismos clasistas y raciales.

La violencia de los desposeídos y explotados tiene un fin concreto: liberarse de su condición de explotados y desposeídos y asegurar con su violencia el derecho a vivir mejor.

Cuando el 24 de junio de 1821 el Ejército español y el venezolano se enfrentan en la llanura de Carabobo para decidir en una sola acción la suerte definitiva de la contienda, los soldados patriotas estaban vislumbrando, a distancia de una victoria más, el cambio definitivo de sus vidas. Si triunfaban, su libertad tendría la dimensión concreta de la riqueza social distribuida entre quienes la habían creado sin haberla poseído. Había que triunfar a toda costa y fue lo que se hizo. Pero la tierra no se distribuyó, la riqueza siguió en manos de quienes tradicionalmente la venían concentrando y los desposeídos fueron constreñidos a volver a su servidumbre.

De este modo la clase dominante en la Venezuela emancipada, que era la misma de la Venezuela colonial pero liberada del monopolio comercial y de las cargas fiscales del imperio, ha sacado el máximo provecho del sacrificio popular que culmina en Carabobo.

Para la Venezuela de entonces, el mundo no era ni del valiente ni del justo, era simplemente de los terratenientes y de los comerciantes unidos en una simbiosis del feudalismo y burguesía comercial cuya dominación económica y política durante todo el siglo XIX constituye la mejor prueba de que la violencia de los desposeídos y explotados no había alcanzado su objetivo esencial y de que una revolución se había frustrado.

Entre la esclavitud y la servidumbre
Las masas rurales paupérrimas, defraudadas por la revolución de Independencia, vegetan ahora entre la esclavitud y la servidumbre. Sobre ellas remacha su dominación el oligopolio de la tierra, que se hace cada día más poderoso, más concentrado, más explotador. A los nombres de los antiguos latifundistas se van sumando los de los militares y políticos afortunados. A los Mendoza, a los Mijares, a los Freites, a los Tovar, se añaden ahora los Monagas, los Oriach, los Isava, etcétera. Todos estos hombres comen tierra y hacen del siglo XIX venezolano un siglo terrófago.

El bandolerismo que recorre los caminos del llano, del oriente y del centro es la expresión de un pueblo hambriento y despojado, sin guía, sin organización, sin esperanza. El robo de los ganados y el asalto en despoblado son formas ciegas de una violencia popular en busca de cauce. Ese cauce será la Guerra Federal.

Otra revolución frustrada
Ni la Guerra de Independencia ni la Guerra Federal se hacen para repartir la tierra y, sin embargo, se frustran como revoluciones fundamentalmente por el hecho de que no traen consigo cambios revolucionarios en relación con la tierra. La Guerra de Independencia no trajo consigo la formación de una burguesía industrial (ni siquiera se impuso el capitalismo como sistema fundamental), sino que trasladó a la vida republicana el feudalismo colonial como sistema básico generador de bienes físicos. Por su parte, la Guerra Federal no varió este esquema porque si bien es cierto que permitió e impulsó el ascenso de la burguesía comercial, el sistema principal va a continuar siendo el determinado por las relaciones de producción feudales y semifeudales en un medio rural que todavía al finalizar el siglo, contenía las dos terceras partes de la población económicamente activa.

Del suelo al subsuelo

El sistema fundamental de la economía venezolana que sobrevivió a las guerras de Emancipación y Federal ha entrado en una crisis cuyos síntomas se van acentuando en los primeros años de la nueva centuria. Esa crisis tiene una expresión institucional en la desorganización política y en el caos que caracteriza a esa época.

Gómez, que era agricultor y comerciante antes de ser soldado, es el gran intuitivo de aquella transición planteada entre latifundismo y burguesía. Va a administrar la cosa pública con mentalidad de contador y si durante su período concluye el caudillismo no es, como suele aseverarlo un organicismo ingenuo, porque la nación estuviera cansada y deseara la paz, sino porque dentro de la estructura económica del país un sistema ya en crisis forzaba soluciones diferentes.

Ese gobierno era el de Gómez, cuya concepción del estado policial se expresaba en el lema orden, paz y trabajo, condiciones ideales para la prosperidad de quienes monopolizan las riquezas.

La agricultura que constituía la base material del sistema en crisis pasó a un lugar secundario en la escala de la riqueza social ante el descubrimiento y explotación comercial del petróleo. La tierra seguía siendo lo primero, solo que el valor económico se había deslizado, así de pronto, sorpresivamente, del suelo al subsuelo.

No hubo, pues, un cambio de la estructura sino una adherencia capitalista que se superponía sobre las aristas de una economía latifundista, artesanal y pequeño-mercantil, y convivía con ella.

Para Gómez, el petróleo era un fruto de la tierra y su mentalidad de hacendado lo llevó a concebir la administración de esta riqueza con un criterio latifundista: otorgaba a sus amigos, familiares y partidarios, vastísimas concesiones de tierra y estos las traspasaban luego a las compañías extranjeras que explotaban las zonas petroleras.

Como se ve, el petróleo era no solo un asunto de Estado sino una cuestión de amistad, de familia y de prebenda. Julio F. Méndez, López Rodríguez y Adolfo Bueno se cuentan entre aquellos favorecidos que reciben concesiones para que las traspasen y saquen buen partido de su gestión de intermediarios. Es una combinación latifundista y mercantil.

Aumentan los servicios públicos y se va formando un núcleo obrero moderno. Los receptores de estos ingresos demandan mejores alimentos, mejores vestidos y artículos de lujo. La industria en estado artesanal no los provee. Un comercio de importación cada vez más fuerte va transfiriendo al exterior los excedentes del ingreso petrolero.

La burguesía comercial prospera, alcanza la supremacía y se convierte, por ello mismo, en celosa guardiana de esta economía de campamento. Para el capital extranjero, esta situación de atraso regida por una dictadura resulta el clima ideal para la seguridad y la ausencia de controles de su explotación.

Ahora es el subsuelo el centro material de la riqueza, que sigue concentrándose en pocas manos, mientras que sobre el suelo improductivo de un latifundismo que se conserva intacto, una vasta población rural (60%) permanece ajena al festín de la abundancia, y para demostrar que existe, envía contingentes de campesinos a los campos petroleros y a las ciudades centrales. Allí van formando un cerco de miseria donde aquella violencia dos veces frustrada acumula el combustible de nuevas erupciones, al tiempo que busca y exige organización y cauce.

La colonización agrícola fracasa

El surgimiento y organización de las fuerzas políticas de izquierda a partir de 1936 permite llevar hasta el centro de la atención pública el debate sobre el problema agrario y permite que, simultáneamente con la estructuración de una primera tesis sobre la necesidad de distribuir la tierra entre quienes la trabajan, se ejerza presión sobre gobiernos que, a diferencia del de Gómez, requieren para su estabilidad una mayor sensibilidad social. Es así como durante el gobierno de Isaías Medina Angarita cobra cuerpo la idea de reforma agraria y el Poder Legislativo llega a sancionar una ley en tal sentido, ley que desapareció con la caída del régimen en 1945, y cuyo contenido, que era progresista en relación con la legislación tradicional, no constituía propiamente un instrumento adecuado para eliminar el latifundio y lograr el cambio en la estructura de la economía agrícola.

A cien años de Ezequiel Zamora
Ezequiel Zamora es el símbolo de una liberación que espera su realización histórica.
No ha sido necesario inventar argumentos ni registrar fuentes escondidas para descubrir que en esos cien años, la población campesina (todavía sigue siendo más de la tercera parte de la población total) vive en condiciones miserables, por debajo del límite de subsistencia y víctima de las mismas relaciones de servidumbre que una vez la impulsaron a la violencia y las cuales siguen alimentando el fermento de una revolución hasta hoy frustrada.

En los linderos de estas tierras habidas, como hemos visto, mediante usurpación, hipotecas y peculado (es decir, mediante la violencia) una población campesina paupérrima sin vivienda, sin vestido y sin educación, se mantiene alejada de la circulación de bienes y servicios, presente solo en la contabilidad electoral de los partidos social demócratas que han obtenido cuotas de poder político con sus votos solo para servir desde allí los intereses de los terratenientes.

En el caso venezolano, hemos visto cómo las mejores tierras tienen propietarios que las vienen concentrando en un círculo privilegiado desde el siglo XVI. Como las mejores tienen ya su dueño particular, se comprende que las tierras públicas, bien por su esterilidad, por su lejanía y ausencia de servicios o por su condición de tierras vírgenes, constituyen un recurso oneroso e incapaz de resolver el problema económico y social del campesinado. En otras palabras, constituyen una salida por la tangente al sustituir la reforma agraria con la colonización.

La Ley Agraria de 1960 es, en primer término, una ley para la burguesía agraria; en segundo término, una ley para revalorizar las tierras ociosas de propietarios absentistas y, en último término, una ley con algunas disposiciones reformistas en favor de los campesinos, disposiciones que no predominan sobre los otros dos aspectos y que no alcanzan a dar a dicha ley un carácter revolucionario.

A cien años de la Guerra Federal, el nombre de Ezequiel Zamora y la liberación de los campesinos fueron objeto de una burla rodeada de solemnidad con la cual se frustró, una vez más, el viejo anhelo de las masas campesinas de Venezuela. Allí, los representantes de una generación, dos dirigentes llevados al poder por esas masas –los señores Betancourt y Villalba– refrendaron una nueva componenda con las clases dominantes. Demostraban, de paso, que al traicionar en 1960 no fueron tan inocentes en 1936 y que en el entreguismo de la madurez culmina la falsedad de la juventud. Las masas, por su parte, aprenderían una provechosa lección: que la democracia representativa en un país neocolonial es una farsa.

Sobre este telón de fondo se desarrolla la dinámica de una violencia engendrada por el fracaso de la democracia representativa para encarar las reformas fundamentales: así que la estabilidad y equilibrio que no se ha logrado mediante el reformismo, se pretende lograr mediante la policía y acudiendo al Ejército, cuando ya la policía resulta insuficiente para acallar las explosiones sociales del malestar.

Este resumen continuará...