La gente, sin embargo, cree que Clinton es una opción razonable
frente al desquiciado Trump, un tipo que cada vez que abre la boca suben
los termómetros. No obstante, Johnstone puntualiza que su capacidad
para salirse del tiesto es lo que coloca a Trump como claro favorito
para el electorado estadounidense, un electorado que ya está harto de
discursos previsibles y de caminos trillados. No ha dicho mucho de sus
planes en política exterior pero es partidario de desarrollar relaciones
comerciales con Rusia. Además, Johnstone cree que es mucho más sensato
centrarse en la reconstrucción interna del país, como propone Trump, en
lugar de proseguir campañas imperiales en el extranjero al estilo de
Clinton, quien no promete otra cosa que continuar la línea dura neocon inaugurada
por el gabinete de Bush y continuada por el de Obama. Pocos se acuerdan
ya pero, antes de presentarse a la candidatura republicana, Trump era
demócrata y su ideario social era bastante más avanzado que el de
Hillary Clinton.
No obstante, el gran éxito de Trump frente a su rival y frente a todo
el aparato mediático es haber concebido la política estadounidense no
sólo como un circo de tres pistas sino como el reality más caro del mundo: un show a
escala mundial donde no cuentan los programas ni las citas
grandilocuentes sino las patochadas y las ocurrencias. Kennedy aventajó a
Nixon por una corbata y Trump está alcanzando a Clinton mediante la
delicada orfebrería de su cardado.
Cuanto más ridícula aparenta esa
dorada gorra de castor que lleva en la cabeza, más votos al coleto; el
día en que el pelo le salte de la cabeza y eche a correr como una mofeta
hambrienta por la tribuna, Trump lo va a petar.
Machista, racista,
clasista y megalómano, va pisando los charcos de dos en dos procurando
salpicar lo más posible, porque sabe que la mancha llega más lejos que
el detergente. No sólo dijo que su mujer, Melania, va a ser la primera
dama más guapa de los Estados Unidos, sino que estaba mucho más buena
que todas las demás e incluso que Bill Clinton.
Entre sus últimas burradas, esta misma semana, se ha mofado de la
madre de un soldado estadounidense muerto en la guerra de Irak al
comentar que seguramente no la dejaron hablar en el funeral por culpa de
los preceptos de su religión musulmana. Después, sin limpiarse los
zapatos, expulsó a un bebé que lloraba en uno de sus mitines, quizá
porque Trump no aguanta bien las críticas y menos aun si las entiende.
En estas dos refriegas verbales se ha llevado por delante a mujeres,
musulmanes, militaristas y lactantes, pero cada metedura de pata está
pensada para meter más votos en la buchaca. El público odiaba a Jota
Erre con toda su alma pero cada noche se quedaba a ver Dallas por
verlo aparecer bajo su sombrero inmenso, articulando su sonrisa
maligna. Muchos lo van a votar sólo para que siga el espectáculo. Cuando
gane las elecciones -si es que las gana- nos vamos a enterar si hablaba
en serio o en serio.
