NO MUCHO TIEMPO hace en una escuela de Historia de cuyo nombre no quiero acordarme, pero en laque todos se sentían más científicos que Newton o Pascal, me di a veces a la usanza de comenzar el curso de Historia Contemporánea con las primeras páginas de EugénieGrandet (1833), por considerar que el retrato que de la burguesía hace Honoré de Balzac en el imperturbable personaje del señor Grandet, proveedor de vinos, era una muy buena síntesis –mejor que muchas históricas– de la Europa decimonónica que empezaba en la Bastilla e iba de la revolución a la restauración, pasando por el imperio.
Otro tanto hice con Stendhal, valiéndome de su Rojo y Negro (1830), y conmovido, como cualquier lector, por aquella escena en que, tras páginas de meditado y sutil suspenso, descubrimos que el preciado tesoro personal que el joven Sorel oculta en el clandestino fondo de su maleta es una estampita de Napoleón, ¿quién lo diría –me preguntaba en voz alta en plena clase–, el imperio como fuente de inspiración jacobina, el mismo imperio que, por cierto, modeló la Francia de Napoleón III y a la que tanto contribuyó sin saberlo el socialismo utópico de Saint Simon a través de su discípulo Eufantin?
Esta era mi forma de sugerir a mis alumnos sutilezas tan propias de la novelística como difíciles para la historiografía. Pero día a día aumentaban sobre mí las miradas de recelo. Hubiera podido hacer lo mismo (y de hecho lo intenté con un seminario diseñado a los efectos) con Bonderville, personaje de Oliver Twist (1837‑1839) de Dickens o con Emma Bovary (Madame Bovary, 1857) de Flaubert. Qué hipótesis histórica ha penetrado mejor que el personaje dickensiano aquella psicología del capitalismo, tan cruelmente expuesta por el flemático Pitt en el parlamento inglés, según la cual para nadie es un secreto que para amasar una fortuna es preciso hacer harina a los demás. ¿Y no convendría, al menos un tantito así, a la historia del movimiento feminista pasearse por las meditadas páginas de Madame Bovary?
Quien quiera estar cerca de la historia humana cuando de la revolución, en un país como China, se trata, que asome su cabeza historiográfica al Shanghai que nos pinta Malraux en La condición humana (1933). Y quien, más allá del recetario sociológico, quiera aproximarse a eso que el mundo desarrollado llamó subdesarrollo, vaya y léase El astillero (1961), de Onetti. Nada ilustra mejor la falaz y criminal mojigatería moralizadora del imperio estadounidense que una lectura de El americano impasible (1955), de Graham Greene; ¿disfrutará alguien de una dimensión así de este fenómeno en un libro de historia? Como es fácil imaginar, el seminario fue un rotundo fracaso tras el que terminé releyendo, una vez más, a solas en mi cubículo, la Odisea (s. VIII a.C.), supongo que con el pueril propósito de alejarme lo más posible de la historia contemporánea. Mi idea no era convertirla en una historia de la literatura, cosa por la que nunca me he interesado mucho. Yo pretendía mostrar que el estilo excesivamente impersonal de la historiografía que practicábamos, basada en entes y fuerzas anónimas (conceptos, tendencias, partidos, clases, intereses, economía, política, etc.) privaba al historiador de una aproximación a la realidad de la que la novelística no sólo disfrutaba, sino en la que consistía por excelencia.
Por otra parte, también pretendía llamar la atención sobre el hecho de que la historiografía es narrativa; es decir, el conocimiento histórico es, entre otras muchas cosas, un problema de lenguaje, de conciencia, como diría Joyce –otro novelista; lo que para entonces ya no me atreví a mencionar. Y no hizo falta. Una tarde, un furibundo estudiante se levantó de su asiento y me espetó diciéndome que él había ido a aquella escuela para estudiar historia, que para nada le interesaban las novelitas, y que si yo quería dedicarme a algo así que me fuera a la Escuela de Letras; dicho lo cual salió del salón tras un contundente portazo que aún resuena en mis oídos. El resto hizo mutis. Mutismo total que no resuena menos, por cierto. Esta es la respuesta que yo hubiera dado si la ira del que se largó o el silencio de los que se quedaron, me lo hubieran permitido.
En este, como en cualquier tema, cuanto se diga en mucho dependerá del punto de partida. Para quienes convencidos están de que la historia es una ciencia, será tan inútil como odioso hablar de las posibles relaciones que se pudieran establecer entre aquélla y la literatura. Y, muy por el contrario, para quienes pensamos que la naturaleza científica de la historia no es sino uno de los grandes mitos de la historiografía que más ha contribuido a empobrecerla, encontraremos en ello un contraste más bien enriquecedor y que, incluso, plantea ciertas exigencias en términos de conciencia y estilo que, en atención a su supuesta condición de ciencia, muchos están dispuestos a subestimar.
Los marxistas se cuentan entre quienes más han contribuido al mito de la historia científica, cuando, desde un principio, se apresuraron a calificarse a sí mismos de científicos en detrimento de ese otro socialismo al que llamaron utópico. Con ello creían desentrañar la naturaleza misma de un devenir histórico que seguía las pautas teóricamente fijadas como método. Sólo que, como dice Vayne, si el método es la realidad misma, entonces no hay tal método.
Claro que si la historiografía, producto de una concepción así, fuese del exquisito estilo de Marx y no de la total ausencia de estilo que mostraron gran parte de los mediocres manuales soviéticos, por ejemplo, a nadie causaría escozor alguno la historia científica. Sin embargo, la historiografía es, en gran medida, una cuestión de estilo que muy a menudo subestimamos como mera formalidad que nada pone o quita al conocimiento.
El famoso texto de Marx, La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 (1850), poco menos que el manual de historia política europea de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, se basa en la dicotomía, del todo literaria y metafórica, revolución bonita-revolución fea, con la que el autor nos coloca frente a lo que él llama la dialéctica del proceso que va de febrero (caída de Luis Felipe de Orleans) a junio (huelga obrera de Lyon) de aquel año 1848. Si esto no es estilo, y estilo que determina el enfoque historiográfico y, por lo tanto, el conocimiento de aquel proceso, no sé cómo llamarlo.
Al menos según mi experiencia académica, la llamada historia científica es testimonio de tan poca rigurosidad epistemológica como de poca conciencia respecto al lenguaje, en virtud de lo cual pensamos que la verdad y la objetividad están al margen de él. Pero, para decirlo de nuevo en palabras de Joyce, el maestro, el lenguaje es conciencia. Y esto no es mera exquisitez filológica, por cierto.
Como en toda narrativa, el discurso historiográfico no es sino un problema de lenguaje con el que intentamos captar, representar y significar la realidad. La conciencia histórica lo es a través de este proceso. Por intermedio del lenguaje es que el discurso se relaciona con la realidad que aprehende. Se abre aquí la puerta a todo un aspecto filológico que no es el caso abordar. Lo único que quiero señalar es que ese estilo impersonal, donde el narrador se prohíbe a sí mismo utilizar el yo, los símiles, metáforas e imágenes literarias, que más lo vinculan a la novelística que al laboratorio, y tanto se afana en mostrarnos una historia que se mueve según fuerzas anónimas y se rinde ante su objetividad, no es un científico, sino un pobre narrador.
La historiografía no es sino literatura veraz, hasta donde cada quien puede serlo. Voltaire la comparaba con una obra de teatro, y nos dice que su modelo era Molière. Que cada quien busque su Molière dentro de sí mismo, o sólo será capaz de escribir historia científica. Lo único que diferencia una obra de historia de una novela es que a ésta le basta ser verosímil mientras que aquella ha de ser verdadera. Desde este punto de vista, la existencia real de Grandet o Sorel es dato de poca o ninguna importancia en la dimensión novelística, pero lo es todo en una dimensión historiográfica. De acuerdo con su concepción dramática, si a Malraux no le parece que se deba consumar el atentado contra Chan KaiShek, éste no se perpetrará, y poco importa que esto sea, como en efecto fue, históricamente real. A diferencia del novelista, el historiador no disfruta del privilegio de tomar este tipo de decisiones. El novelista ha de montar una trama perfecta. El historiador ha de atenerse a la suerte de toparse con ella, a jirones, deshecha, incierta. Yo no creo en la historia novelada, ni en la novela como fuente de ella. Lo primero me parece de mal gusto. Y lo segundo una mera irresponsabilidad. Pero, por lo mismo, tampoco creo en la historia científica, ni en el prejuicio de que una historia así la aleje de la novelística. En uno y otro caso estamos ante una misma estructura narrativa, sujeta a los mismos elementos esenciales del lenguaje y la conciencia. ¿Por qué en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, papelote epistemológico que sólo un nefasto como Duverger pudo asignar a la historia, no emigrar al infame barrio de la narrativa donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Las que he mencionado aquí, y muchas otras, son lo que llamo novelas históricas, no porque se apeguen a la historia tal cual –aunque muchas veces lo hagan, como en el caso obsesivo de Stendhal– sino por el modo en que la historia constituye una suerte de superpersonaje de fondo en la trama desarrollada por ellas. Son novelas que se dejan inspirar por lo histórico, que para rebasarlo han debido primero sumirse en sus profundidades, hacerse a sus detalles, sin prejuicio alguno convivir con sus grandezas y sus miserias. Por ello, pueden iluminar a la historia propiamente dicha, afinar vista y olfato de la historiografía sobre lo humano, aprender a cuidarnos de nuestra tendencia a hipotecarlo todo a nuestras hipótesis.
Ese Grandet, sentado a las puertas de su casa girando uno sobre otro los pulgares de sus manos entrecruzadas y pendiente en medio de su somnolencia del sol y de la lluvia, cuya fortuna no sólo proviene de su oficio de maestro tonelero durante la revolución, el imperio y la restauración sino, también, de los molinos medievales heredados de antiguas aristocracias y que alquila por un precio exorbitante al pueblo zarrapastroso que ha de acudir a ellos para moler su trigo. Tal es el burgués del que nos habla Balzac y al que define como aquél que no sabe nada de nada; el mismo Grandet siempre dispuesto a ajustarse el gorro frigio, dar hurras al emperador o acatar con sumisión a la dinastía que lo suplantó. Un burgués difuso a medio camino entre la era agrícola y la industrial, cuya ambigüedad difícilmente alcanzaremos con nuestro concepto de clase y de revolución. Es bueno saberlo así. ¿Qué puede importar que algo así nos haga menos científicos, cuando, en realidad, nos torna más acuciosos, detallistas y profundos? No me apena decirlo: aprendí a cambiar el concepto de revolución que aprendí de Marx y de Lenin, leyendo a Balzac, Dostoievski, Tolstói y Malraux, entre otros. El joven japonés, que se debate entre la enseñanza ancestral de la naturaleza sagrada de la vida, propia de las filosofías orientales, y el principio bolchevique de una revolución según el cual el fin justifica los medios, mientras aguarda agazapado en una esquina el paso del vehículo en el que viaja el inefable presidente, me enseñó más sobre este tipo de proceso político llamado Revolución que el mecanicista concepto de dictadura del proletariado o los períodos estalinistas de la historia universal. Probablemente, nunca la miseria de los momentos iniciales de la revolución industrial fue representada mejor que con esa pieza literaria titulada Una modesta proposición (1729), en la que Swift propone comerse a los niños pobres que pululan por las calles de Inglaterra como sucedáneo del lechón, con lo cual los magnates no tendrían que privarse de una exquisitez así y el Estado se ahorraría los costos de manutención de los albergues atestados. Es esta una miseria retratada completa, incluida la miserable mezquindad de lo que en poco tiempo será la gran burguesía que llega hasta hoy.
Yo no haré respecto a la historiografía la pregunta que alguien hizo alguna vez respecto a la filosofía: si existe literatura ¿para qué filósofos? Pues nunca será lo mismo lidiar con lo que ha de ser constatado como acontecido que con un drama literario perfectamente montado. Pero sugiero leer mucha literatura. Es la única forma de captar sanamente las limitaciones de la historiografía, de las cuales su supuesta naturaleza científica es una de las más criminales para el narrador. Todo historiador es un narrador que comienza por estimarse como tal, o se pierde en la infamia que acarrea a su propio oficio.



